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Laudatio del profesor Rodríguez-Piñero Bravo-Ferrer con ocasión de su investidura como Doctor Honoris Causa de la Universidad Internacional de Andalucía

(Este texto corresponde a la Laudatio del profesor Rodríguez-Piñero Bravo-Ferrer con ocasión de su investidura como Doctor Honoris Causa de la Universidad Internacional de Andalucía, presentada por el profesor Francisco Javier Calvo Gallego. Fue defendida en el acto de investidura celebrado el 25 de enero a las 12:30h, en el Aula Magna de la Sede de Santa María de La Rábida de la Universidad Internacional de Andalucía)

 

Con la venia Magnífico Señor Rector.

Estimado Profesor y Maestro, D. Miguel Rodríguez-Piñero y Bravo-Ferrer;

Estimados rectores y rectoras,

Autoridades civiles y académicas;

Querido claustro de doctores, profesores, personal y alumnos de la UNIA;

Estimados compañeros, compañeras,

Amigas y amigos todos.

Como acertadamente ha recordado nuestro Rector, la actual redacción de la disposición adicional tercera del real decreto 99 de 2011 por por el que se regulan las enseñanzas oficiales de doctorado remite a la normativa propia de cada universidad la posibilidad de nombrar Doctora o Doctor Honoris Causa a aquellas personas que, en atención a sus excepcionales méritos académicos, científicos, culturales, sociales o específicamente personales sean acreedoras de tal distinción.

En el caso de nuestra joven Universidad pública, dicha posibilidad está contemplada detenidamente en el capítulo tercero del reglamento de distinciones honoríficas, en el que se establece, además, que el correspondiente acuerdo de consejo de gobierno incluirá la designación de un padrino o madrina encargado de la justificación y defensa de este nombramiento.

Pues bien, como han podido ustedes escuchar de nuestra querida Vicesecretaria -nieta por cierto, de nuestro homenajeado- es este último el honor, absolutamente inmerecido, que me ha correspondido, debo asumir, por razones simplemente temporales

Se trata, sin duda, del mayor honor que me ha sido concedido a lo largo de toda mi vida académica y que me plantea un reto, en principio ciertamente fácil, pero al mismo tiempo, extraordinariamente difícil y complicada.

Fácil, en primer lugar, ya que seguramente pocas personas en nuestro ámbito académico han reunido y reunen tantos y tan destacados y diversos méritos para la obtención de este reconocimiento como Don Miguel Rodríguez-Piñero y Bravo Ferrer.

La generalizada utilización de este tratamiento de respeto y deferencia, el hecho de que para todos nosotros haya sido desde siempre D. Miguel, bastarían seguramente como prueba de una admiración, de un aprecio y de una consideración generalizada por parte de toda la doctrina iuslaboralista española que justificaría por si sola la concesión de esta distinción.

Y lo mismo cabría señalar si hicieramos mención a algunos, y solo algunos, de sus múltiples y destacados reconocimientos como sus dos doctorados honoris causa, por las Universidades de Ferrara y Huelva, sus múltiples condecoraciones como la Gran Cruz de la Orden de Carlos III, la Orden del Mérito Constitucional, la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo o su nombramiento como Hijo Predilecto de Andalucía. Y todo ello sin olvidar la obtención de otros múltiples galardones como el Premio Pelayo al destacado jurista, el ANSALA, el ABC o el hecho de que el ayuntamiento de Sevilla decidiera otorgarle su nombre a la populosa calle con la que linda nuestra Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla hoy representada por un entrañable amigo, D. Juan Antonio Carrillo Donaire, hijo de nuestro añorado compañero y amigo D. Juan Antonio Carillo Salcedo.

No obstante, resulta evidente que estas simples referencias no harían justicia a una carrera tan dilatada y exitosa como la que, incluso en la actualidad, mantiene el maestro al que hoy homenajeamos. De ahí que, si me lo permiten, intente realizar una breve semblanza, brevísima obviamente, de algunos de esos ingentes méritos que ha lo largo de toda una vida dedicada a la docencia, a la investigación y a la transferencia de conocimiento -en la terminología tan al uso hoy en día- ha ido generando D. Miguel.

Don Miguel nació en Sevilla, un 17 de febrero de 1935 en el seno de una amplia y conocida familia, de raices gaditanas y sevillanas, y con hermanos tan queridos y destacados como Mercedes, ex presidenta del CARL, y algunos de ellos ya tan añorados, como Manuel, prestigioso traumatólogo que a tantas y tantas personas ayudo con una vida y ejercicio ejemplar. Mi hija, una de ellas.

Estudió, como algunos, por cierto, de sus nietos académicos, en el colegio Hermanos Maristas de Sevilla, cerca, además, de la entonces residencia de Yanduri en donde se encontraba, por aquel entonces, una joven onubense, Dª. Cristina Royo que, como todos sabemos, sería extraordinariamente importante en su vida y, reconozcámoslo, un poco, en la de todos. Y ello, no solo por darle cinco extraordinarios hijos, todos ellos varones, y algunos de los cuales han seguido igualmente su carrera universitaria, sino también por el apoyo y la paciencia que ha demostrado siempre con todos aquellos que nos hemos acercado, y le hemos robado tiempo de su marido; a ella y a su familia. En representación de todos, muchas gracias Cristina y nuestro más sentido pésame por vuestra reciente y dolorosa pérdida tan injusta como desgarradora.

En cualquier caso, y retomando su experiencia vital, una vez acabado el bachillerato, D. Miguel inició sus estudios universitarios en la licenciatura de Derecho en la Universidad de Sevilla en donde coincidió  con compañeros como Luis Gordillo, Juan Antonio Iturruaga o Roberto Mena, aunque sus allegados ya señalaban que si algo caracterizaba a D. Miguel era, sin duda, su incansable pasión por la lectura, su afán por el estudio y su innata curiosidad. Omitiré aquí algunas de sus más conocidas anécdotas, ya que seguramente no es este el lugar adecuado para hacer mención a las mismas. Pero seguramente buena parte de los presentes recordarán a qué hago referencia.

Sea como fuere, lo cierto es que, concluida su licenciatura en 1956 con, como no, premio extraordinario, inició ràpidamente su carrera universitaria bajo la dirección de nuestro también añorado D. Manuel Clavero, si bien pronto, casi inmediatamente después de su llegada a Sevilla, disfrutaría igualmente del magisterio del también añorado profesor D. Manuel Alonso Olea.

Poco después, en 1959 obtuvo el título de doctor por la Universidad de Sevilla, igualmente con premio extraordinario y una vez ampliados sus estudios en las universidades de Heidelberg, Kiel, Múnich y Roma fue nombrado en virtud de oposición, catedrático numerario de Derecho del Trabajo de la Facultad de Derecho de la Universidad de Murcia mediante Orden de 15 de marzo de 1961, creo que a los 26 años de edad convirtiéndose así en uno de los catedráticos más jóvenes de toda nuestra historia.

Muy poco tiempo después, en diciembre de 1962 retornó a la que durante años fue su casa, nuestra querida Universidad de Sevilla, en la que desempeñó múltiples funciones de gestión entre las que que seguramente él querría destacar la de Decano de la Facultad de Derecho, la de Vicedecano de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales y, sobre todo, la de Director del Colegio Universitario de la Rábida, cercano, muy cercano a la sede que nos acoge y germen de lo que hoy es nuestra universidad hermana de Huelva.

Pues bien, es sin duda esta etapa sevillana una de las más intensas y fructíferas en el trabajo de D. Miguel. Intensa no solo en cuanto a producción científica, sino también en cuanto a la formación de un amplio y variado grupo de discípulos, universitarios y profesionales, hombres y, en aquellos años novedosamente mujeres como Rosa María Garrido de Gonzalez en 1965 o la Prª. Fernández López algunos años más tarde, a los que supo guiar, dando siempre libertad, pero logrando transmitir un rigor académico e investigador que estos primeros discípulos han intentado al menos trasladarnos a los miembros de mi generación.

Son años, como digo, en los que, bajo su dirección, se va a ir formando un amplio y destacadísimo equipo de profesores, aquí hoy en gran parte representados –aunque con algunas ausencia, sin duda dolorosas, como la de nuestro añorado Manuel Ramón-, y que van a constituir la esencia de una auténtica escuela en la que posteriormente se han ido incorpoirando otros profesores como nietos, e incluso bisnietos, siempre intendo seguir su modelo y enseñanzas.

Y ello ya que D. Miguel ha sido siempre un ejemplo, al menos para mi,  de la necesidad de una visión realista del dato normativo que, sin olvidar el rigor científico en su análisis, aborde y destaque tanto sus causas como sus posibles consecuencias sobre el tejido económico y social; de una visión necesariamente comparada, internacional y europeista del dato normativo que, lejos de encasillamientos y compartimentos estancos, abordé el Derecho como un todo interrelacionado, en el que el jurista del trabajo debe ser capaz de manejar con solvencia instituciones y conceptos de las otras ramas no solo de nuestro ordenamiento, sino también de campos adyacentes como la economía, los recursos humanos o la sociología. Y todo ello, y ese es sin duda, el dato que más me gustaría destacar, desde una perspectiva humanista, que pone siempre en primer plano la igual dignidad humana como punto de partida y como canon principal de interpretación de cualquier norma jurídica.

No puedo detenerme aquí, ni tan siquiera brevemente, a intentar siquiera reseñar su ingente obra jurídica que abarca más de noventa libros, más de trescientos artículos o más de cien colaboraciones en otras obras colectivas. Por ello me limitaré a destacar como todos ellos abarcan todos y cada uno de los campos del derecho social, o incluso se sitúan fuera de sus límites tradicionales, reflejando estos principios y valores que, además, nos ha ido transmitiendo no solo con su magisterio sino también con su guía y dirección.

Si acaso me atravería a destacar dos cuestiones. La primera es el importante papel que D. Miguel desarrolló en la transición de un derecho del trabajo autoritario y corporativista a un derecho del trabajo democrático y plural. Se habla mucho de la transición política, pero en este acto quisiera tambien poner en valor la labor de todos aquellos juristas que como D. Miguel, supieron ayudar a esta lenta pero fructífera transición, no solo en lo normativo, sino también en la praxis administrativa. Su papel como presidente de la Comisión Consultiva Nacional de Convenios Colectivos, o su rol de ideólogo, autor material y presidente de ese organismo tan fructífero que es el Consejo Andaluz de Relaciones Laborales son solo un botón de muestra de esa labor inmensa de construcción de un nuevo derecho del trabajo y de unas nuevas relaciones laborales en España de la que hoy todos disfrutamos.

El segundo es su papel en defensa de los derechos fundamentales de la persona, en todos los ámbitos, pero destacadamente en el campo laboral. En este campo se mezclan, nuevamente, su papel como autor, como maestro, como académico, pero también como magistrado del Tribunal Constitucional. Hoy es obvio que la construcción de la dogmática de los derechos fundamentales de la persona en el seno de la relación laboral es fruto de su trabajo y el de su escuela, apoyada, además, en una amplia experiencia y relación con fundaciones y centros de investigación internacionales, como la Fundación Friedrich Ebert o su papel de experto en la Organización Internacional del Trabajo.

Pero todo esto era lo fácil. Como les digo, estos hechos gozan de una notoriedad absoluta y general que no requerirían ni prueba ni más comentarios. Ahora llega lo difícil. Y es el agradecimiento.

Y ello, D. Miguel porque ahora debo ser la voz de muchos de los que estamos aquí y de otros tantos que por razones sobrevenidas o incluso por absoluta imposibilidad no pueden estar hoy aquí. Instituciones, organismos, pero sobre todo personas que no serían lo que hoy son, que no podrían haber alcanzado sus grandes y pequeñas metas sin esa generosidad, sin esa capacidad de empatía que usted, a lo largo de todos estos años, ha demostrado con todos  nosotros. Sin esas horas vertidas en lecturas, correcciones y guía, sin ninguna imposición ideológica salvo el respeto a los derechos humanos, el rigor y la mayor honestidad intelectual, y sin la cual muchos de nosotros no habríamos podido construirnos en lo humano y en lo profesional.

Su talante abierto y cercano, siempre dispuesto a compartir su tiempo y sus conocimientos incluso con los más jóvenes investigadores en aquellos primeros primeros y dubitativos pasos; su capacidad para orientarnos en las más complejas cuestiones doctrinales, identificándonos al mismo tiempo el dato o el artículo doctrinal fundamental o la experiencia comparada de mayor interés en ese concreto ámbito; su ánimo para ser valientes y aportar ideas al debate desde el mayor respeto a los que no piensan igual. Pero sobre todo, su permanente ejemplo de trabajo y esfuerzo constante han sido un ejemplo y un modelo para las tres o casi cuatro generaciones de investigadores que estamos hoy aquí homenajeándole. Por ello, solopuedo decirle gracias de todo corazón por habernos ayudado a construirnos en lo humano y en lo profesional.

 

Muchas gracias D. Miguel.

 

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