La Hermandad de Nuestra Señora de la Anunciación, conocida en la época como Hermandad de las Doncellas, se fundó en la santa Iglesia Catedral en el año de 1521 por el presbítero, protonotario y escribano apostólico Micer García de Gibraleón. Para ello se construyó una capilla, con la misma denominación que la Hermandad, en la nave de San Sebastián, a la derecha del altar Mayor y junto a la puerta Colorada.

Su fundador, García de Gibraleón, fue hijo de Pedro Fernández Benadeva, mayordomo de la mesa capitular del cabildo de Sevilla, que fue llevado a la hoguera por la Inquisición en 1481 por judaizante y ateo. Su madre, Isabel Suárez, tuvo que huir a Portugal para salvar su vida. García de Gibraleón ya había marchado a Roma antes de estos sucesos y, aunque nunca volvería a Sevilla, el contacto era constante. Tenía como cliente a la Catedral de Sevilla, siendo su procurador general en todos los asuntos que mantenía en Roma. Pidió la gracia de obtener una capilla destinada como sepultura familiar y donde residiera una cofradía para casar doncellas necesitadas. Quería fundar una cofradía similar a la que él ya pertenecía en Roma, la Confraternita dell’Annunciata, asentada en Santa María Sopra Minerva, dedicada a dotar doncellas desde 1460. Persona astuta, García de Gibraleón logró que su familia estuviera presente en el cabildo de Sevilla recibiendo beneficios eclesiásticos tanto de la Catedral como de otros lugares, llegando a tener una posición privilegiada y una gran fortuna. Estuvo entre los avalistas del préstamo que financió la campaña de Carlos I en Lombardía.

Nos referiremos aquí a las doncellas y a sus dotes. En efecto, tales doncellas pretendientes a las dotes debían ser mayores de 16 años, hijas de un legítimo matrimonio. No podían ser hijas de negros ni de negras, ni de mulatos ni mulatas, ni de moriscos ni moriscas, por lo que se exigía tener limpieza de sangre. Debían haber nacido en Sevilla o  en sus barrios, o bien ser hijas de vecinos de la capital,  aunque ellas hubieran nacido fuera de la ciudad. Aquellas doncellas que no tuviesen las cualidades requeridas no eran dotadas. No había ningún impedimento en que los hermanos seleccionasen a hijas, hermanas, sobrinas o parientes para ser dotadas sin entrar en suertes.

En los Estatutos se establecía un número de cien peticiones cada año para el sorteo de la cantidad establecida por la comunidad, y aquellas que no salieran en un año pasarían al siguiente.

Para las doncellas solicitantes era de obligado cumplimiento presentar la fe de bautismo junto a los datos personales de los padres, domicilio y nombre de los vecinos a fin de saber exactamente dónde vivían cuando se las visitase.

Veamos el procedimiento. En el mes de junio se reunían los oficiales de la junta de gobierno a Cabildo para asignar el número de doncellas a dotar en el año, dependiendo del patrimonio con que contara la Hermandad. El secretario debía llevar todas las cédulas de las doncellas donde estaba recogida la información para el sorteo. Primeramente, eran escogidas aquellas elegidas por los priores, consiliarios y demás oficiales sin suertes, para después entrar las restantes en el sorteo de las dotes que quedasen vacantes. El secretario y el contador debían anotar en sus libros de visitas toda la información sobre las doncellas que habían salido en suertes. Con esta información se daba por finalizada la elección definitiva en Cabildo.

Ocho días antes de la dotación, el secretario debía entregar a los mandatarios la memoria de las elegidas definitivamente y convocarlas en casa del tesorero que hubiese en esas fechas para que, juntamente con un prior, el secretario y el contador, las examinasen e identificasen como las elegidas definitivamente. Se les hacía entrega de cuatro varas de paño blanco con el que debían elaborar un manto para la procesión. Se las citaba para el día concreto de la fiesta de la dotación, que solía ser el de la Natividad de la Virgen, el ocho de septiembre, muy temprano, en la Capilla de las Doncellas donde habían de acudir con su madrina. Allí, uno de los priores, el secretario y el tesorero las volvían a examinar para asegurarse que eran las elegidas.

En este proceso, era sumamente importante identificar correctamente aquellas doncellas que se les había concedido en suertes la dote y que generalmente corría a cargo de algunos miembros de la Junta de Gobierno de la Hermandad. Para ellos, tanto los rasgos físicos como los datos donde habitaban, recopilados por el secretario en su libro, eran de gran consideración, siendo la forma fiable de reconocer a la bienaventurada.

Este mismo día, en la Catedral, el arzobispo celebraba una procesión. A su paso por la Capilla salían los priores, consiliarios y demás hermanos de dos en dos con velas encendidas y entre ellos una doncella con su madrina, que la llevaba de la mano, todas ataviadas con manto de grana blanca. Una vez terminada la misa celebrada en el Altar Mayor, las doncellas recibían una bolsa por prenda y señal de su dote. Concluida la entrega, la procesión volvía de nuevo hacia la Capilla.

Una vez dotadas y cuando quisieran casarse tenían que presentar al secretario el nombramiento entregado el día de la procesión. También debía pedir una certificación de su dotación y llevársela al contador para nombrar a dos hermanos que estuviesen presentes en el desposorio. Para evitar fraudes, que los había, los hermanos cofrades nombrados debían cotejar toda la información de la doncella con su certificación y afirmarlo en cabildo para la dotación definitiva.

La dote que se fijaba para el año en el que estuvieran redactados los Estatutos era de trece mil quinientos maravedíes, siendo la cantidad idéntica para todas las doncellas dotadas, además de las cuatro varas de paño que se les daba para elaborar su manto. No se ponía ningún impedimento si las doncellas eran dotadas o recibían cualquier tipo de donación por alguna otra entidad.

Nos encontramos, por lo tanto, ante una Hermandad fundada en el siglo XVI y que ha perdurado en el tiempo ininterrumpidamente hasta el XX. Resulta llamativo que, a pesar de su larga trayectoria no haya sido conocida, posiblemente debido a factores como:

  • El limitado número de sus miembros
  • La posición social de los mismos y el elitismo que la apartaba de la convivencia con otras hermandades
  • El patrimonio y los grandes recursos de algunos cofrades
  • Y, sobre todo, la custodia de su archivo y la clausura de su consulta

La Hermandad se convirtió, pues, en una corporación de élite, reservada a la alta nobleza de sangre, de gran poder económico y con un gran conocimiento intelectual. De este modo se manifiesta como marco influyente en la ciudad por la posición de sus miembros, con  tratamiento de “caballeros” desde su fundación que gobernaban las instituciones públicas, la economía, las armas, las letras, el alto clero, la justicia, el Santo Oficio y demás órganos de poder de la ciudad. Solo el hecho de pertenecer a esta Hermandad aportaba a sus miembros preeminencia social y función legitimadora. Por otra parte, si tenemos en cuenta la religiosidad de la época, respondía tan fundación a los criterios de entonces: la obtención de garantías de salvación mediante las obras, en este caso, de caridad y beneficencia.

 

Autoría: María Isabel Cabanillas Barroso


Bibliografía

ARIAS DE SAAVEDRA ALÍAS, Inmaculada y LÓPEZ-GUADALUPE MÚÑOZ, Miguel Luis, “Las cofradías y su dimensión social en la España del Antiguo Régimenen Cuadernos de Historia Moderna, 25, 2000, pp. 189-232.

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