Es cierto que, aunque el curso ha pasado rápido, los docentes, de todos los niveles, nos sentimos muy agotados por la intensidad que ha marcado este año. Nos hemos adaptado a las nuevas circunstancias con pocos recursos, hemos dado clases y realizado exámenes tanto online como presenciales, y hemos soportado el frío con esas ventanas abiertas #toelrato… Hoy, compañeros, quiero dedicaros el epitafio en verso de un maestro romano del siglo II d. C.
‘El que mientras estuvo entre los vivos tuvo su alma inmortal encerrada en su prisión, vivió siempre con parquedad y honestidad. De Aurunca era, Fusio Filócalo era su nombre, maestro de enseñanza elemental, con el mayor respeto hacia sus discípulos, también su testamento escribió con lealtad: a ninguno le escatimó, a nadie perjudicó. Recorrió su vida sin miedo. Sus huesos ahora descansan aquí, depositados por su centuria’
Ser maestro en Roma era una profesión autónoma. Los profesores ofrecían clases particulares de forma privada, y su salario dependía de la clientela que contratara sus servicios. Filócalo era originario de un pueblo de la Campania italiana. Aunque no sabemos cuántos años vivió, sí sabemos que era de condición libre y de origen griego, algo común en esta zona de la Magna Grecia, colonizada desde el siglo VIII a. C.
En su estela (de la que no tengo mejores fotos ) aparece representado en relieve junto a dos alumnos, un chico y una chica, lo que nos recuerda que, al menos en la educación elemental, las niñas también recibían formación. La inscripción menciona, además, a su «centuria», una especie de seguro de entierro que muchos romanos pagaban para asegurarse un funeral digno, algo muy importante en la Roma antigua. Aunque el maestro llevaba una vida modesta, cuidaba de todo, incluso de su propio final.





