Cuando la muerte no sigue el guion

Las inscripciones latinas son una ventana por la que entra esa luz que ilumina trocitos de la vida en el mundo antiguo, fuente inagotable de información. Entre las inscripciones en verso, a veces, hay muerte singulares, de esas tan raras y accidentales que fueron conmemoradas de forma especial. es el caso de Festio, quien cayó a un pozo en el s. I d.C. Su padre le dedicó este epitafio en verso:

‘Para Festo, esclavo favorito de Papirio Prisco.

Bajo esta inscripción de piedra descansan los pequeños huesos de Festio, que enterró su propio padre, abatido por su suerte. Si hubiera vivido, de su señor llevaría ya el nombre. Lo convirtió en cenizas la caída en un pozo’

No se nos dice su edad, pero se le representa muy pequeño. Habría obtenido la libertad de haber vivido lo suficiente y, con ella, el nombre de su dueño, según la costumbre en Roma. Aparece representado con la túnica corta que vestía, propia de su condición, un racimo de uvas y un pajarito en su mano izquierda. En el frontón del monumento, un conejo comiendo. Los niños tenían con frecuencia pajaritos y otros animales de mascota. Quizá a Festio, que probablemente hubiera nacido en casa de su dueño, se le permitía tener alguno. Es posible que también supiera cazarlos

En Roma uno podía morirse de muchas cosas, pero normalmente las inscripciones no recogen ese dato. Solo algunas muertes, las singulares, como la de Festio, fueron registradas para la posteridad por lo excepcional de sus circunstancias.

Los accidentes son un suceso eventual que altera el orden de las cosas. Ocurren cada día y nadie está del todo a salvo de ellos. Por eso se llaman así, accidentes.

Bibliografía:  CIL 05, 02417; CLE 01157

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