Días de vino y rosas para los difuntos

Hace poco ha sido noticia en la prensa la confirmación de que el líquido que contiene una urna de vidrio encontrada intacta en Carmona (Sevilla) es vino.

La costumbre de rociar con vino las cenizas del difunto se daba para apagar los últimos rescoldos de la pira y de homenaje en determinadas fechas del año. Los romanos no sabían muy bien si creer en la vida después de la muerte pero, por si acaso, procuraban apaciguar las almas de los muertos y mantener vivo su recuerdo de vez en cuando.

El acto de verter líquido para los muertos se documenta en las fuentes clásicas, pero hay un poema epigráfico donde esto se expresa de una forma dulce y delicada. Se trata del epitafio de Marco Porcio, que vivió en el siglo I d. C. en Porcuna (Jaén):

‘Ordeno también a mis herederos que rocíen con vino mis cenizas, para que sobre ellas revolotee como mariposa mi espíritu ebrio. Que las hierbas y las flores cubran mis huesos. Si alguien se detiene ante el epitafio con mi nombre, que diga: ‘aquello que dejó el voraz fuego que, una vez disuelto el cuerpo, lo transformó en pavesas, descanse felizmente’

Es muy bonito el juego de palabras que evoca ‘Ebrius’ en el texto en #latín, haciendo precisamente un guiño a la ceremonia de verter vino sobre las cenizas y que Porcio encarga expresamente a sus herederos.

La imagen de la mariposa que revolotea feliz y libre (y borracha) representa la transposición del alma que abandona el cuerpo tras la muerte.

Este líquido rojo intenso que llena la urna, sellada durante siglos, no podía ser otra cosa sino vino; es la constatación real y tangible de un contexto que, hasta ahora, solo conocíamos parcialmente por los textos o inscripciones como esta.

Bibliografía: CIL II 2146; CLE 1851.

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