Un ruiseñor y su epitafio poético

El coleccionismo de antigüedades en la antigüedad generó un gran mercado de falsificaciones, con personas que adquirían estos objetos por el simple deseo de poseer algo que aparentara ser antiguo, y otras que los compraban convencidas de su autenticidad.

Un ejemplo fascinante de esta práctica es la llamada «urna del ruiseñor», una falsificación realizada en Italia que fue traída a Madrid. Su tapa pasó a formar parte de las colecciones de Felipe V, y finalmente llegó al @museoprado. Aunque la urna en sí parece ser antigua, la tapa es un añadido posterior. La inscripción en verso, que adornaba la urna, también resulta ser falsa, probablemente grabada en el siglo XVII. Sin embargo, a pesar de ser una falsificación, la inscripción refleja todos los tópicos habituales de los epitafios en verso, mostrando que, incluso en el ámbito de la falsificación, hay un arte considerable.

‘A Luscinia Philomena, la más hermosa y de más variados colores, suavísima cantora, dotada de todas las gracias, que piaba tiernamente en mi dedo; quien, lavando su cabeza en vaso murrino, murió infelizmente ahogada. ¡Ay mísera avecilla! Tú que piando toda alegre volabas de aquí para allá ahora, perdidas las plumas, fría y cerrados tus ojitos, te escondes en los negros nidales de Leptynis (…)

¡Oh, querido pajarito! Yo te saludo, tantas veces como tú me cantaste. Cuídate del Averno, pajarita, y vuela por el Elíseo. La que en jaula pintada cantaba dulcemente dando saltitos, ahora yace muda en una urna tenebrosa’

La inscripción describe el epitafio de un pequeño ruiseñor, cuyo nombre, «Luscinia Philomena», es un juego de palabras. Luscinia, en latín, significa «ruiseñor», y Filomela era la hija de un rey de Atenas que, tras sufrir terribles torturas, se transformó en un ruiseñor, según relata Ovidio. Esta figura también aparece en uno de los epigramas de Marcial, quien se refiere a ella como “ruiseñor Filomela” (Luscinia Philomela). La mención de esta figura literaria evoca el mismo sentido de nostalgia y belleza que en el poema de Catulo sobre el gorrión.

A pesar de su falsedad, el poema es un auténtico deleite para los sentidos, cargado de ternura y poesía. Es un claro ejemplo de cómo la falsificación puede convertirse en una obra de arte en sí misma.

Un ruiseñor y su epitafio poético
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