La amistad más allá de la muerte: el epitafio de Epitimeto

La amistad es uno de esos sentimientos que nos acompañan desde hace miles de años. Compartimos alegrías, preocupaciones y momentos difíciles con nuestros amigos, y cuando alguno nos deja, procuramos mantener vivo su recuerdo. Los romanos no eran muy distintos de nosotros en este sentido, y algunas de sus inscripciones funerarias nos han dejado testimonios muy emotivos de lo que estaban dispuestos a hacer por sus seres queridos.

Ya hemos hablado en otras ocasiones de lo importante que era para un romano recibir sepultura y dejar constancia de su paso por el mundo. Cada uno lo hacía en función de sus posibilidades económicas y, cuando no podía ocuparse de ello, sus familiares o amigos procuraban hacerlo por él. Pero ¿qué ocurría cuando quien tenía que organizar el entierro tampoco disponía de muchos recursos?

Para responder a esta pregunta nos vamos hasta el norte de África, concretamente a Ammaedara (Haïdra, en la actual Túnez), donde se encontró el epitafio de un esclavo llamado Epitimeto. Sabemos que pertenecía a Servio Cornelio Cétego, procónsul de África durante el siglo I d. C., y que, cuando murió, un amigo suyo llamado Fabro (o Habro, porque la primera letra del nombre se ha perdido y los editores no se ponen de acuerdo) se ocupó de rendirle los honores funerarios que pudo permitirse.

La inscripción comienza identificando al difunto, a su dueño y su edad, de la que únicamente se conserva la primera cifra. Después aparece un pequeño poema compuesto en un dístico elegíaco, una combinación de hexámetro y pentámetro que encontramos con frecuencia en la poesía funeraria latina.

El texto dice:

«Epitimeto, esclavo del procónsul Servio Cornelio Cétego. Aquí está enterrado. Vivió […] años.

Fabro, pobre y de escasos recursos, te ofreció, queridísimo y dulce amigo, las exequias que pudo».

Son apenas dos versos, pero resultan suficientes para conocer algo de la relación que unía a estos dos hombres. Fabro no tenía dinero para organizar un entierro especialmente costoso, pero quiso que su amigo recibiera los honores que merecía. Y tuvo además el cuidado de dejar constancia de sus limitaciones económicas, como si quisiera explicar al difunto que había hecho cuanto estaba en sus manos.

La inscripción también nos permite acercarnos a los primeros tiempos de la presencia romana en Ammaedara. El asentamiento tuvo inicialmente una función militar, relacionada con la presencia de la legión III Augusta en la región. Con el tiempo se desarrolló allí una ciudad romana que alcanzó la condición de colonia en época flavia y continuó habitada durante la Antigüedad tardía, hasta época bizantina. Epitimeto y Fabro vivieron, por tanto, en una etapa relativamente temprana de la historia romana de la ciudad.

El nombre de Epitimeto es de origen griego, algo frecuente entre los esclavos del mundo romano, aunque esto no nos permite saber con seguridad dónde había nacido. Tampoco conocemos las circunstancias de su muerte ni la condición jurídica de Fabro. Lo que sí sabemos es que este último quiso despedirse de él mediante un poema y que eligió unas palabras que expresaban tanto su afecto como su pobreza.

La piedra original no se conserva, pero conocemos el texto gracias a las copias y los testimonios realizados por los primeros editores. En la inscripción se documentan también unas pequeñas hojas de hiedra, las llamadas hederae distinguentes, que se utilizaban como signos de separación entre palabras u otros elementos del texto. Son detalles que nos recuerdan que estos poemas estaban pensados para ser leídos sobre un monumento, con una disposición y una presentación visual determinadas.

Y aquí viene lo que más me gusta de esta historia. A menudo pensamos en las inscripciones romanas como documentos que nos hablan de emperadores, magistrados, soldados o grandes acontecimientos. Pero algunas de las más conmovedoras nos cuentan historias mucho más sencillas: la de un hombre que no tenía prácticamente nada y que, aun así, quiso despedir dignamente a su amigo.

Casi dos mil años después, seguimos leyendo las palabras que Fabro dedicó a Epitimeto. Puede que el entierro fuera modesto, como él mismo reconocía, pero consiguió algo que seguramente no imaginaba: que el recuerdo de su amistad llegara hasta nosotros.

Referencia epigráfica: CIL VIII 23264 = CLE 2087 = ILTun 455.

La amistad más allá de la muerte: el epitafio de Epitimeto
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