Viajar es un placer, o eso se suele decir. Hoy podemos recorrer miles de kilómetros en unas pocas horas, visitar ciudades, conocer otros países y regresar a casa con un buen puñado de fotografías. Sin embargo, en el mundo romano viajar era bastante más complicado y, en ocasiones, una auténtica práctica de riesgo.
Los desplazamientos podían durar días, semanas o incluso meses, dependiendo de la distancia, del medio de transporte y del estado de los caminos. A las incomodidades del viaje había que añadir los peligros que acechaban a los viajeros, entre ellos los salteadores de caminos, que no siempre se conformaban con robar sus pertenencias.
Hoy vamos a recordar a uno de esos viajeros que tuvo la desgracia de encontrarse con unos bandidos mientras desempeñaba su trabajo. Se trataba de un mensajero al servicio del emperador, cuyo epitafio fue descubierto en Augusta Treverorum, la actual Tréveris (Alemania).
El poema que le dedicaron dice así:
«Quien lamente su pérdida, que con su amor se consuele. Pudo la muerte quitarle la vida, pero su fama perdura. Su cuerpo murió, pero resuena su nombre. Vive, es alabado, leído, celebrado y amado. Mensajero de Augusto en carrera veloz como el viento, cuyo nombre es de origen latino y sabina su patria. ¡Oh desgracia cruel! A morir sin ser culpable fue condenado, engañado por unos bandidos. Pero nada, asesino, lograste: morir la fama no sabe».
El texto nos cuenta que nuestro protagonista era un nuntius Augusti, es decir, un mensajero imperial, y que se desplazaba a gran velocidad. No conocemos su nombre, aunque el poema indica que era de origen latino y procedía de territorio sabino, en la Italia central.
El Imperio romano contaba con una extensa red de vías que conectaban ciudades, campamentos militares y territorios muy alejados entre sí. Para facilitar las comunicaciones oficiales, Augusto organizó un sistema de transporte y mensajería que conocemos como cursus publicus. Gracias a él, los mensajes enviados por las autoridades podían recorrer largas distancias mediante una red de caminos y establecimientos en los que se ofrecían animales de relevo y alojamiento. Entre estos últimos se encontraban las mutationes, donde se cambiaban las caballerías, y las mansiones, que permitían hacer paradas más prolongadas.
No sabemos exactamente qué trayecto seguía nuestro mensajero cuando fue atacado ni qué noticias transportaba. El poema únicamente nos dice que murió a consecuencia de una emboscada de bandidos, que lo engañaron y acabaron con su vida. Sus versos insisten en que era inocente y presentan su muerte como una condena injusta.
La inscripción fue encontrada en Tréveris, una ciudad que alcanzó una gran importancia política durante el Bajo Imperio. Allí residieron varios emperadores y, a comienzos del siglo IV d. C., Constantino estableció su corte durante parte de su gobierno. Todavía hoy podemos visitar algunos de sus monumentos romanos, como la Porta Nigra, la basílica de Constantino o las termas imperiales, además de las numerosas inscripciones conservadas en el Rheinisches Landesmuseum.
Por desgracia, el epitafio de nuestro mensajero no ha llegado hasta nosotros. La piedra se perdió después de su descubrimiento y conocemos el poema gracias a las transcripciones antiguas. Tampoco sabemos cuándo vivió exactamente su protagonista.
Hay algo especialmente interesante en la manera de contar su muerte. El poema comienza recordándonos que la muerte puede acabar con el cuerpo, pero no con la fama del difunto. Para insistir en esta idea, el autor acumula una serie de verbos: vivit, laudatur, legitur, celebratur, amatur, es decir, «vive, es alabado, leído, celebrado y amado». Y termina dirigiéndose directamente al responsable de su muerte: Nil, scelus, egisti: fama est quae nescit obire, «Pero nada, asesino, lograste: morir la fama no sabe».
La intención era sencilla: los bandidos habían conseguido acabar con la vida del mensajero, pero no podrían borrar su recuerdo. Cada persona que leyera la inscripción volvería a pronunciar sus palabras y, de alguna manera, a mantenerlo vivo.
Lo curioso es que, aunque el nombre del difunto no ha llegado hasta nosotros, el poema ha conseguido cumplir su propósito. Casi dos mil años después seguimos hablando de aquel mensajero que recorría los caminos del Imperio hasta que se cruzaron en su camino unos salteadores.
Gajes del oficio, aunque en este caso el precio fue demasiado alto.
Referencia epigráfica: CIL XIII 3689 = CLE 618.






