Lo que no quieras para ti… El epitafio de un gladiador romano

«No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti». Seguro que todos hemos escuchado alguna vez esta máxima, que encontramos formulada de distintas maneras en numerosas tradiciones culturales y religiosas. Parece una regla bastante sencilla para convivir con los demás, aunque no siempre resulta tan fácil llevarla a la práctica.

Los romanos también conocían este principio de reciprocidad y, curiosamente, podemos encontrarlo en algunas inscripciones funerarias. En este contexto tenía una aplicación muy concreta: si no quieres que nadie moleste tu descanso eterno, procura respetar el de los demás.

Y es que los muertos romanos también tenían sus preocupaciones. Las tumbas podían ser objeto de robos, actos vandálicos y otras faltas de respeto, hasta el punto de que algunas inscripciones contienen advertencias y amenazas contra quienes se atrevieran a profanarlas. Incluso encontramos textos dirigidos a los caminantes que pudieran sentir la tentación de utilizar un monumento funerario para aliviar sus necesidades fisiológicas.

Hoy vamos a conocer a Actio, un gladiador que vivió en Córdoba durante el siglo I d. C. y cuya esposa quiso proteger su memoria con una advertencia bastante ingeniosa.

Su epitafio dice así:

«Actio, mirmilón. Venció seis veces. De veintiún años. Aquí está enterrado. Que la tierra te sea leve. Su esposa se lo hizo con su propio dinero.

Lo que cada uno de vosotros quiera para mí después de muerto, eso le hagan los dioses siempre, vivo y muerto».

La inscripción comienza proporcionándonos algunos datos sobre el difunto. Actio murió con apenas veintiún años, estaba casado y había conseguido seis victorias como gladiador. También sabemos que pertenecía a la categoría de los murmillones, uno de los tipos de gladiadores más conocidos del mundo romano.

Los murmillones combatían protegidos por un casco de gran tamaño, un escudo rectangular (scutum) y una espada corta (gladius). Su casco se distinguía por una cresta característica, que tradicionalmente se relaciona con la figura de un pez. Conservamos algunos ejemplares extraordinarios procedentes de Pompeya y numerosas representaciones de estos luchadores en mosaicos, relieves y pinturas.

Las luchas de gladiadores eran uno de los espectáculos favoritos de los romanos. Algunos combatientes alcanzaban una fama considerable y contaban con numerosos admiradores, aunque la profesión entrañaba riesgos evidentes. Actio había conseguido vencer en seis ocasiones, pero no sabemos cuántos combates disputó en total ni si murió como consecuencia de las heridas recibidas en la arena.

Lo que sí conocemos es la preocupación de su esposa por proporcionarle una sepultura digna. La inscripción indica expresamente que ella pagó el monumento con su propio dinero: uxor viro de suo.

Y aquí viene lo más interesante. Después de los datos habituales de cualquier epitafio, encontramos dos versos compuestos en senarios yámbicos, un metro utilizado en la poesía dramática latina. En ellos, Actio se dirige directamente a quien se detiene ante su tumba y le advierte de que los dioses le devolverán exactamente aquello que le desee al difunto.

La fórmula es particularmente ingeniosa porque funciona tanto para los buenos deseos como para los malos. Si el caminante desea que Actio descanse en paz, eso mismo recibiría él. Pero si pretende hacerle algún daño, también deberá asumir las consecuencias.

La expresión no era exclusiva de este epitafio. Conocemos otras inscripciones funerarias romanas que transmiten prácticamente los mismos versos, con pequeñas variantes. Se trata, por tanto, de una fórmula poética que circuló por distintos lugares del Imperio y que podía adaptarse a monumentos funerarios diferentes.

Nuestro epitafio procede de Corduba, la actual Córdoba, donde fue encontrado en 1949, en la zona del Camino Viejo de Almodóvar, relacionada con una de las áreas funerarias de la ciudad romana. Actualmente se conserva en el Museo Arqueológico de Córdoba.

Hay un último detalle que me parece especialmente bonito. Aunque los versos ponen las palabras en boca de Actio, fue su esposa quien encargó la inscripción. De alguna manera, ella quiso asegurarse de que su marido pudiera seguir defendiendo su tumba incluso después de muerto. Y lo hizo recurriendo a una regla que seguimos repitiendo dos mil años después: trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti.

Desde luego, Actio no parecía dispuesto a tolerar que nadie perturbara su descanso eterno.

Referencia epigráfica: CIL II²/7, 353 = AE 1962, 52. La inscripción se conserva en el Museo Arqueológico de Córdoba, con número de inventario CE010681. Puede consultarse el catálogo oficial del museo

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