Las carreras de carros eran uno de los espectáculos favoritos de los romanos. Miles de espectadores acudían al circo para animar a sus equipos, celebrar sus victorias y lamentar sus derrotas. Algunos aurigas alcanzaron una fama extraordinaria y acumularon fortunas que hoy asociaríamos con las grandes estrellas del deporte. Pero, como ocurre también en nuestros días, detrás de aquellos nombres famosos había muchos jóvenes que se preparaban para triunfar y cuya carrera terminaba antes de haber comenzado.
Conducir un carro a toda velocidad alrededor de la pista era una profesión de riesgo. Los accidentes podían resultar mortales y los aurigas estaban expuestos, además, a las maldiciones de los aficionados rivales, que recurrían a la magia para intentar perjudicar a sus competidores favoritos. No todos llegaban a convertirse en estrellas del circo y algunos morían siendo todavía unos niños.
Hoy vamos a recordar a uno de ellos: Sexto Vistilio Heleno, un joven auriga romano que murió con apenas trece años y ocho meses, después de haber pasado por dos de los principales equipos de carreras de Roma.
Su epitafio, fechado en la primera mitad del siglo I d. C., nos cuenta su breve historia:
«Sexto Vistilio Heleno, aquí está enterrado.
Tú que buscas en mi inscripción los años que viví, sabe que fueron trece y ocho meses. Orfeo me formó primero como auriga del equipo verde; y recientemente, mientras me entrenaba Datileo para el equipo azul, la envidiosa Cloto me arrebató la flor de mi juventud».
La inscripción es breve, pero contiene una cantidad sorprendente de información. Para empezar, conocemos el nombre completo del difunto, Sexto Vistilio Heleno (Sextus Vistilius Helenus). Su estructura onomástica es la propia de un ciudadano romano, aunque su cognomen, de origen griego, podría apuntar a antecedentes familiares serviles. No podemos saber con seguridad si había sido esclavo o descendía de libertos.
Sabemos también que comenzó a formarse como auriga a una edad muy temprana. Primero estuvo bajo la tutela de Orfeo, entrenador del equipo verde, y después pasó al equipo azul, donde Datileo se encargaba de perfeccionar su preparación. Todo ello antes de cumplir los catorce años.
¿Y qué eran exactamente estos equipos?
Las carreras de carros romanas estaban organizadas en torno a cuatro grandes facciones, que se distinguían por sus colores: los verdes (prasini), los azules (veneti), los rojos (russati) y los blancos (albatae). Cada una contaba con sus propios aurigas, caballos y personal especializado. Detrás de cada carrera había una organización que incluía entrenadores, cuidadores de caballos y trabajadores encargados de las distintas necesidades de las cuadras y de los competidores.
El caso de Heleno demuestra que los aurigas podían cambiar de facción durante su carrera, algo que recuerda bastante a los fichajes de los deportistas actuales. Aunque no sabemos en qué circunstancias se produjo su traslado, el hecho de que pasara de los verdes a los azules siendo todavía tan joven sugiere que se esperaba mucho de él.
Hay otro detalle especialmente interesante. El epitafio menciona por sus nombres a los dos hombres que lo entrenaron, Orfeo y Datileo. Gracias a esos pocos versos conocemos así a dos profesionales del circo que, de otro modo, probablemente habrían quedado en el anonimato.
El poema está compuesto en hexámetros y presenta los versos separados mediante espacios en blanco, un recurso que facilitaba reconocer su disposición métrica sobre la piedra. En el último verso aparece Cloto, una de las tres Parcas de la mitología grecorromana, encargadas de determinar el destino de los seres humanos. El poeta la presenta como una divinidad envidiosa que arrebata al muchacho cuando se encontraba en la flor de la juventud.
No sabemos cómo murió Heleno. Aunque las carreras de carros eran peligrosas, el epitafio no menciona ningún accidente y, por tanto, no podemos atribuir su muerte a una caída durante una competición.
La inscripción se encontró en Roma y se conserva actualmente en el Antiquarium del Celio. Su texto nos permite asomarnos a una realidad del circo que no siempre aparece en los relatos sobre los aurigas más famosos: la de los jóvenes que se preparaban para competir, cambiaban de equipo y aprendían su oficio bajo la supervisión de entrenadores.
Heleno nunca llegó a alcanzar la fama de los grandes campeones del circo romano. Sin embargo, alguien quiso recordar su corta vida y dejar constancia de aquella carrera que apenas estaba comenzando.
Y gracias a esos cinco versos seguimos hablando de él casi dos mil años después.
Referencia epigráfica: AE 2001, 268.







