Se exponen en este lugar de modo somero las líneas maestras del Proyecto en curso. La planificación se ha hecho en cuatro fases de trabajo:
Fase I: De carácter teórico-científico: Determinación del conjunto de criterios que deben seguirse para la normalización toponímica, procediéndose en primer lugar a la recopilación exhaustiva y valoración de documentación procedente de dos tipos de fuentes:
a.- bibliografía científica existente sobre el tema de la normalización de los nombres de lugar, tanto referida al ámbito del español como a otros dominios lingüísticos; y
b.- documentación de carácter legal en la que se regula la normalización de las grafías de los nombres propios de lugar, es decir, la fijación de la versión escrita de la toponimia, tanto en un nivel internacional (la vigente en otros países) como nacional (la que rige en el ámbito estatal y la que lo hace en las respectivas comunidades autónomas, poniendo especial atención a las referentes a las comunidades meridionales).
Fase II: Recopilación sistemática y exhaustiva de nombres de lugar tanto macro- como microtopónimos de varios tipos de fuentes:
a.- escritas; estas, a su vez, de dos tipos:
a.1. - actuales: cartografía militar y catastral, a pequeña escala --preferentemente 1:10 000 y 1:25 000--, hojas catastrales municipales, señalizaciones viarias, catálogos de vías pecuarias, folletos turísticos, etc.
a.2. - históricas: cartografía histórica y fuentes documentales (libros de repartimientos, actas de amojonamientos y deslindes, libros de protocolos notariales, catastros antiguos) preferentemente originales, inéditas; fuentes documentales editadas (fuentes epigráficas, numismáticas; obras de geógrafos e historiadores de la Antigüedad, Edad Media -fuentes árabes y castellanas: Idrisí, Yaqut, etc.--y Moderna --así Fernando Colón--, obras de cetrería --Libro de la Montería de Alfonso XI--, etc.).
b.-orales: recogidas siempre mediante grabación y transcripción fonética a través de encuestas directas realizadas preferentemente in situ (para recabar toda la información posible referente a los lugares nombrados) a hablantes de las áreas investigadas, pero no solo a los hablantes locales más competentes en la materia (los ancianos naturales de las diversas poblaciones, dedicados a las labores agrícola y pastoril, y por ello buenos conocedores de los lugares, la pronunciación de los nombres y las tradiciones populares), sino a hablantes de distintos perfiles sociolingüísticos, no tanto con el fin de determinar las formas más genuinas desde el punto de vista histórico, como para obtener todas las variantes conocidas de los nombres, tanto las más prestigiadas como las menos. Somos conscientes de que ello conlleva la introducción de una nueva dimensión, la social, en el estudio de los nombres de lugar. Esta innovación metodológica resulta del todo imprescindible si queremos conocer el grado de vitalidad y de aceptación social de las diversas variantes de los nombres, cuestión decisiva a la hora de ponderarlas para elegir la forma más adecuada para su plasmación coherente en documentos escritos, es decir, para su normalización gráfica.
La finalidad de esta segunda fase es la de constituir un aparato documental lo más amplio y exhaustivo posible de cada forma onomástica, que por una parte pueda garantizar la fiabilidad de la interpretación y por otra facilite los materiales que hayan de someterse a evaluación a la hora de normalizar los nombres.
Fase III: Análisis etimológico y lingüístico pormenorizado del aparato documental de formas de cada topónimo compilado en la fase precedente, lo que conlleva:
a.- el establecimiento de la forma inicial del nombre, la que hubo de tener en el momento de su imposición, y
b.- su evolución hasta la forma actual, determinando y valorando las posibles irregularidades en la evolución (entre ellas, las frecuentes etimologías populares o asociativas, muy características de la onomástica de lugares).
Fase IV: Ponderación de las variantes documentadas, con el propósito de determinar la más apropiada para ser escrita y propuesta para su oficialización. Una vez reunida toda la información sobre los nombres (y sus variantes, tanto orales como escritas, y tanto actuales como históricas) que constituyen el patrimonio toponímico de cada una de las localidades estudiadas, puede acometerse la tarea central del proyecto: la determinación de la forma más apropiada para su uso público escrito, esto es, la forma que merezca ser declarada "oficial" (la que ha de ser propuesta a las autoridades para su normalización), de cada uno de los nombres.
Para ello, el primer paso que hemos debido dar ha sido el establecimiento de un conjunto de criterios lingüísticos que puedan ser aplicados al material toponímico "en bruto" (es decir, al conjunto de todas las variantes de cada nombre, tanto escritas como orales, que circulan en el uso de la comunidad de hablantes). No ha sido tarea fácil, pues las diferencias fonéticas que separan a las hablas meridionales de la pronunciación estándar peninsular son extraordinariamente acusadas y además tales hablas presentan una gran diversidad entre sí, a lo que se une la existencia de numerosas variantes, tanto orales como escritas, de gran parte de los nombres que coexisten en el uso lingüístico. La experiencia en el análisis de una parte no despreciable del material compilado ha puesto de manifiesto que la casuística es muy amplia y variada, tanto que obliga a dar un tratamiento individualizado a cada forma onomástica, con el fin de descartar variantes erróneas (extraordinariamente frecuentes en las fuentes escritas) o deformaciones modernas de la base, que juzgamos no apropiadas para convertirse en oficiales.
Presentamos a continuación algunos ejemplos ilustrativos: el hidrónimo pronunciado en las hablas de la región como [wéhna] o [gwéhna] aparece grafiado con cierta frecuencia bajo la forma Huéznar o incluso Hueznar. ¿Cuál ha de ser la forma escrita oficial: Huesna, Huezna, Güesna, Güezna, Huésnar o Huéznar (todas figuran documentadas realmente), entre otras imaginables? La abundante documentación histórica con que contamos en este caso, que abarca decenas de formas desde el siglo XIII hasta nuestros días, coincide casi sin excepción en la forma Huesna; la var. Huéznar surgió esporádicamente a mediados del siglo XIX, si bien comenzó a prevalecer a finales del XX, y pasó a todos los rótulos viarios de la sierra septentrional sevillana. Resulta evidente que la consonante final se debe a una hipercorrección muy reciente, que pretende restituir una [-r] presuntamente perdida en la pronunciación popular. Por tanto, sin duda alguna hemos de declarar oficial la forma Huesna, respaldada tanto por el uso oral actual como por la documentación histórica, muy anterior a la elisión de la [-r] en andaluz .
Muy similar es el caso de otro hidrónimo, que encontramos grafiado en un rótulo situado en una autovía sevillana como Rivera de Huelva. También en este caso la forma elegida por los responsables es ultracorrecta y, por tanto, inadecuada, pues las que se emplean realmente en la lengua oral de la comarca son [bwérβa] o [gwréβa], y no solo en el habla moderna, sino ya desde época medieval: la corriente fluvial se documenta profusamente en los textos antiguos, y ello desde 1253 y casi sin excepción, bajo las formas Buerua y Huerva. La que se impone, pues, como forma normalizada para su oficialización es, sin duda alguna, (Rivera de) Buerva.
Ciertamente, el peso de la tradición escrita es a veces considerable, tanto que puede limitar la aplicación estricta de los criterios lingüísticos. Así, el nombre que todavía en el habla popular actual de una localidad sevillana se pronuncia como [hamapéγa], con una aspiración que es recuerdo de la forma etimológica (se trata de una variante metatética de un antiguo Majapegas -< Majada [de las] Pegas 'majada de las urracas'-, documentado todavía en 1783, debería grafiarse en rigor como Jamapega. No obstante, al tratarse de una forma ampliamente conocida en su difusión escrita como Hamapega (el lugar alberga un apeadero de tren e importantes instalaciones de telecomunicación) resultaría muy problemático un cambio gráfico, difícilmente aceptable por parte de los usuarios, máxime teniendo en cuenta que la forma con H- ha repercutido en la pronunciación, sobre todo de los grupos sociales más cultos, que evitan la aspiración porque entienden que es análoga a la de voces como hacer [haθér] (donde constituiría un rasgo muy vulgar).
Casos como este último nos hacen ver que la normalización de la toponimia de áreas dialectales como las meridionales posee también una dimensión sociolingüística que plantea numerosos problemas. Está claro que las hablas de las comunidades locales nunca son homogéneas: existen, incluso en núcleos pequeños, diferencias de estrato que en un ámbito andaluz se manifiestan lingüísticamente por una mayor o menor fidelidad a las características más acusadamente dialectales, o, respectivamente, por una adopción hasta cierto punto de los rasgos de la norma culta suprarregional. Esto significa que si los lingüistas optamos por una variante característica del habla más tradicional que pervive en los estratos más conservadores (personas mayores y/o de escaso nivel de formación) corremos el riesgo de que los hablantes más cercanos en su actuación lingüística habitual a la norma suprarregional (que son precisamente quienes con mayor frecuencia estarán en contacto con la toponimia escrita normalizada) quizá no puedan aceptar la forma propuesta por clasificarla instintivamente como vulgar: así, por ejemplo, un topónimo pronunciado popularmente como [háθalahambrúna] no es conveniente que sea normalizado, digamos, como Jaza La Jambruna, pues tal forma difícilmente sería aceptada por los usuarios mínimamente instruidos, para quienes la aspiración de la F- latina etimológica es un rasgo sociolingüísticamente estigmatizado, por muy genuino que sea desde el punto de vista dialectológico. La documentación de estas formas aún vivas en los sectores que mejor conservan las características tradicionales del dialecto tendrá que reservarse para los estudios propiamente filológicos, centrados en el análisis lingüístico.
En el caso de las variantes Hamapega / Jamapega, la forma que hemos descartado como inadecuada desde una perspectiva lingüística, a pesar de su presencia en la vida pública (la que representa aspiración), al menos parte de la realidad del uso (que se interpreta inapropiadamente), siendo así que la extendida (sin aspiración y con grafía H-) peca de hipercorrecta. Más urgente todavía es depurar formas que carecen totalmente de fundamento y constituyen simples erratas; basta con analizar cualquier mapa para percatarse de numerosos datos erróneos, que, a partir de ahí, fácilmente pueden propagarse y contaminar el uso tradicional. El beneficio práctico que se deriva de la aplicación sistemática de los criterios de normalización al material toponímico es, pues, evidente.
El proyecto cuyo planteamiento y cuyos objetivos hemos expuesto en lo anterior comporta un trabajo de ingentes dimensiones, que, sin embargo, necesitaba ser acometido sin más demora, como, en efecto, se ha hecho. Para ello hemos conformado un equipo de investigadores cuidadosamente seleccionado en función de su cualificación y complementariedad interdisciplinar. Se ha impuesto proceder de una manera ordenada y escalonada. Así, hemos llevado a cabo y concluido ya una primera fase de carácter teórico-científico, con la recopilación exhaustiva y la valoración de abundante documentación relativa al tema de la normalización de los nombres de lugar, documentación de carácter legal (textos legales y normativas) en la que se regula la normalización de las grafías de los nombres propios de lugar, es decir, la fijación de la versión escrita de la toponimia, tanto en un nivel internacional (la vigente en otros países) como nacional (la que rige en el ámbito estatal y la que lo hace en las respectivas comunidades autónomas, poniendo especial atención a las referentes a las comunidades meridionales). También en esta primera fase hemos sometido a análisis crítico todo el material documental y bibliográfico compilado, estudiando y valorando pautas para su posible adopción. Esta reflexión previa ha permitido sentar las bases para el establecimiento de un catálogo de principios de normalización.
Paralelamente, hemos centrado nuestros esfuerzos en la recopilación exhaustiva mediante encuesta directa de material toponímico, información oral que hemos completado con la obtenida a través del despojo de las fuentes escritas. Con la ayuda de los datos históricos, principalmente formas onomásticas extraídas de la documentación que se conserva en los archivos municipales y notariales, hemos procedido al análisis etimológico de los nombres recopilados. Este estudio lingüístico, fundamentado sobre una muy sólida base documental, está permitiéndonos determinar las formas más idóneas para su empleo oficial; en esta fase estamos aplicando ya los principios de normalización de que hemos tratado más arriba, principios que han quedado fijados en forma de catálogo de normas que orientan la tarea de estandarización de todos los nombres del corpus), lo cual va a permitir la constitución de un inventario de nombres de lugar normalizados para cada uno de los municipios estudiados. Estos inventarios serán propuestos a las autoridades para su aprobación oficial y su puesta en práctica mediante el uso de las formas en documentos de carácter público (cartografía, catastro, señalización viaria, escritos oficiales, etc.).
Estamos convencidos de que la labor que llevamos a cabo en el marco del proyecto aquí comentado supondrá un decisivo paso adelante en la investigación y depuración de un amplio y significativo conjunto de materiales pertenecientes a áreas dialectales del español, expuesto a un proceso acelerado de erosión a consecuencia de los grandes cambios socioculturales y económicos que han transformado radicalmente el mundo rural en las últimas décadas. Con este proyecto, en fin, pretendemos que en el territorio de lengua española se impulse una política de recopilación sistemática, de análisis riguroso y de normalización del rico patrimonio lingüístico e histórico constituido por los nombres de lugar, similar a la que se lleva o se ha llevado a cabo en otras comunidades lingüísticas tanto nacionales como internacionales.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
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