PALIDÚ

                                         OROZUZ

Miguel Ángel Acosta Delgado

Licenciado en Historia del Arte

acostadelgado@hotmail.com

Palidú.
Museo Andaluz de la Educación

El sol, desde lo más alto del cielo, desdibujaba las formas de todo lo que existía, arrasándolas con una luz tan brillante que les robaba las sombras y el contorno. Mi primo caminaba delante, con el escardillo al hombro, dando zancadas muy largas y desacompasadas. Yo lo seguía con dificultad, intentando imitar sus zancadas sin éxito, porque cada poco se me adelantaba y tenía que correr para ponerme a su altura. ¿Dónde vamos, primo? Preguntaba cada vez que conseguía alcanzarlo. Y él repetía una cantinela constante que no respondía a mis preguntas: ¡Con una niña! ¡Si te vas, te llevas a tu prima! ¡Cargando con una niña! ¡Con una niña!

De vez en cuando una ráfaga de aire caliente levantaba el polvo y lo metía en mis ojos. Paraba el tiempo justo para frotármelos y cuando volvía a abrirlos mi primo estaba ya a mas de diez pasos de mí. Un miedo atávico se apoderaba de mi cuerpo menudo y de mi mente infantil. Me aterraba la idea de quedarme sola, bajo ese sol inmisericorde, en aquel laberinto de caminos, de lomas, de curvas, de valles, de olivos, de barbechos.

Justo salíamos de una curva que coronaba una pequeña loma, justo acabábamos de pasar un olivar desvencijado que debía albergar un ejército de mochuelos, cuando mi primo paró en seco frente a un inesperado oasis de verdor. Aparte del plateado verduzco de los olivos, del azul fantasmal del cielo y de alguna mata pálida, más cerca siempre del amarillo que del verde, nada desentonaba en un paisaje de marrones, ocres y alberos. Solo aquellas plantas que teníamos frente a nosotros, solo aquellas hojas menudas agolpadas en un pequeño tallo, rompían la monótona campiña.

Mi primo agarró el escardillo con agónico frenesí y golpe a golpe, fue desgajando hojas y tallos. Parecía verter en la tierra todo el malestar que sentía conmigo y con mi tía. No entendía su rabia contra mí. ¿Por qué estás enfadado conmigo? le pregunté. Y de su boca empezaron a salir palabras atropelladamente como si ametrallasen el aire caliente y los pardos olivos. Iba a venir con mis amigos a buscar arazú, ¡con mis amigos! esta tarde. Y aquí estoy a la hora de la siesta ¡con una niña! Si mi madre va a planchar a casa de doña Concha que vaya con niña, que para eso es su sobrina y está en su casa. Pues no, si sales te llevas a la niña, me dice. Y ya está, ella manda porque vivo bajo su techo. ¡Con una niña! Te tendría que haber llevado a planchar y así aprendías a hacer cosas de niña ¡de mujer! ¡Con una jodida niña! ¡Una jodida niña del demonio! Y en vez de venir esta tarde con mis amigos he tenido que venir a la hora de la siesta, a escondidas, como si estuviera haciendo algo malo ¡Con una puñetera niña! Todo por tu culpa ¡No, no llores! Si no querías saber para qué preguntas. ¡Y ahora está llorando! ¡La puñetera niña!

Mi primo sacó de la tierra una raíz gruesa y polvorienta. Toma, come y no llores más, dijo. No entendía por qué me ofrecía aquello. Me quedé mirando aquella cosa desagradable y pensé que era otro de sus desprecios, hasta que él empezó a limpiar otro trozo con el borde de la manga de su camisa y bajo el polvo empezó a aparecer algo reconocible. ¡Es palidú!, grité. Y esa palabra me trajo al presente las tardes en que mi padre me traía aquellos palitos dulces que tanto me gustaban, cómo había que esconderlos de las mojas del colegio para que no nos los confiscaran. No es de señoritas, nos decían, andar mascando palidú en público. La simple idea de tener allí, gratis, en mitad del campo, todo el palidú que quisiera, hizo que mis ojos brillaran de placer. Agarré el escardillo y me dispuse a arrancarlo de la tierra. En ese preciso instante sentí el golpe en el hombro que me lanzó al suelo. ¡Quita, machorra!, gritaba mi primo, mientras intentaba levantarme con el vestido entero manchado de polvo ¡Las niñas no cogen el escardillo ni el azadón! ¡Las niñas guisan, lavan, cosen y planchan! ¡Y no se llama palidú, cateta, se llama arazú!

Fue esta tarde mientras revisaba arabismos en la lengua española para mi TFG que encontré esta extraña palabra que no había leído nunca, orozuz. La busqué en el DRAE y encontré lo siguiente:

orozuz
Del ár. hisp. ‘urúq sús o ‘írq sús, y este del ár. clás. ‘irqu [s]sús; cf. port. alcaçuz.
1. m. Planta herbácea vivaz de la familia de las papilionáceas, con tallos leñosos, de un metro aproximadamente de altura, hojas compuestas de hojuelas elípticas, puntiagudas, glaucas y algo viscosas por el envés, flores pequeñas, azuladas, en racimos axilares, flojos y pedunculados, fruto con pocas semillas, y rizomas largos, cilíndricos, pardos por fuera y amarillos por dentro, común en España a orillas de muchos ríos, y cuyo jugo de sus rizomas, dulce y mucilaginoso, se usa como pectoral y emoliente

¡Se llama arazú, cateta! Sonó de inmediato en mi mente. Y un sol inmisericorde de mediodía polvoriento invadió mis recuerdos. Una sonrisa furtiva se coló en la escena. Aquí estoy yo, tantos años después, hecha una inútil que ni sabe guisar, ni sabe coser, ni sabe planchar, ni sabe usar un escardillo. Huyendo permanentemente de todos los destinos que me imponen.