VALES DE (BUENA) CONDUCTA

José Ignacio Cruz Orozco

Universitat de València

jose.i.cruz@uv.es

Vales de buena conducta.
Museo Pedagógico de la Universidad de Huelva

Las imágenes de los objetos que comentamos nos inducen a retroceder en el tiempo y situarnos en un modelo educativo vigente hace ya unas cuantas décadas. Son por tanto testimonios de un pasado prácticamente desaparecido. La escuela segregada a la que asistían las niñas se encontraba regida por una serie de principios pedagógicos propios de la época, por lo general bastantes alejados de los que actualmente estructuran el sistema educativo. En concreto, observamos cuatro láminas o cartulinas de pequeño tamaño, con iconografía y mensajes muy claros y concisos. Empleando la terminología de aquella época, lo que observamos son vales de conducta, los cuales se otorgaban a las alumnas de acuerdo con su comportamiento, aunque por norma general las maestras y profesoras las entregaban a aquellas que destacaban por su buen comportamiento. Constituían, hasta cierto punto, el contrapunto, a las malas calificaciones, o más concretamente, a las conductas consideradas como inadecuadas o poco edificantes, dentro de la rígida observancia moral de aquellos años. Una intervención basada en potenciar mediante el premio las pautas de conducta consideradas como positivas.

En concreto estos vales nos hablan de unos conceptos interesantes: puntualidad, comportamiento y aplicación. En relación con la puntualidad no cabe mucha más explicación. Se consideraba una norma que definía a las personas con un buen comportamiento social. En la escuela se practicaba en extenso, con su horario de entrada y salida, su tiempo de recreo y la sucesión de asignaturas hora tras hora. La viñeta en cuestión nos indica que la alumna debía interiorizarla correctamente, para después aplicarla en sus actividades cuando hubiera abandonado el colegio. La imagen nos lo indica expresamente. Hay que acudir en hora a las citas que tengamos. En este caso, de acuerdo con el rol social que se asignaba a las mujeres, no se trata de una obligación laboral. Podemos aventurar que se puede tratar de una gestión administrativa o de una visita relacionada con la salud. Y puestos a imaginar, el mensaje parece indicar que hay que ser puntuales, aunque luego nos toque permanecer un buen rato en el banco de la sala de espera, uno de los objetos sobresalientes, si no el que más, de la viñeta.

El vale sobre comportamiento, o más concretamente solo el buen comportamiento, teniendo en cuenta la iconografía y el contexto de la época, está claramente referido al ámbito de lo moral. La niña que lo recibe ha observado unas pautas de comportamiento de acuerdo con los mandatos de la moral católica. La lámina se encuentra repleta de simbología religiosa. Un ángel le concede la máxima calificación, 10, mientras le señala el camino a seguir, en el trascurso del cual debe continuar perseverando en el buen comportamiento y evitando caer en el pecado. Todo ello bajo la omnipresencia de un ente que todo lo ve y aceptándolo en la posición de humillación, en el que toda buena cristiana debe recibir los mensajes divinos.

Más enjundia plantean los dos vales restantes rotulados bajo el epígrafe de aplicación, Hoy en día ese término nos lleva al universo de las nuevas tecnologías. Más concretamente a los mil instrumentos y herramientas digitales que estamos obligados a emplear constantemente, ya sea para gestiones laborales, para comunicarnos con las que las grandes corporaciones o para mantenernos en contacto con amigos y familiares. Antes de la irrupción de la tecnología digital en nuestras vidas, dentro del universo escolar, la aplicación hacía referencia al esfuerzo con que el alumnado realizaba las tareas encomendadas y el grado en que desarrollaba una buena conducta. Tal como observamos en uno de ellos, la aplicación no solo había que demostrarla en el aula. Resultaba importante que se siguiera también fuera del espacio escolar. Así, se consideraba mucho más conveniente para cualquier alumna que, tras el horario escolar, permaneciera en un entorno conocido y controlado como el hogar leyendo alguna lectura edificante, antes que ubicarse en ambientes poco conocidos, con el peligro que podían suponer las malas compañías. Aquí la perspectiva de género resultaba evidente. Las niñas eran consideradas muchos más débiles que los niños, por lo que debían desenvolver en espacios muy controlados, como el colegio y el hogar familiar, donde se podían supervisar al máximo las influencias externas.

El último vale nos permite completar la descripción de esta peculiar práctica educativa con un aspecto interesante. Uno de los puntos débiles de los programas formativos escolares que tienen por finalidad el fomento e implantación de pautas de comportamiento, se relaciona con la dificultad de evaluar su interiorización. Mientras en las asignaturas tradicionales, el sistema de exámenes y la dinámica curricular permite conocer con relativa exactitud el conocimiento alcanzado por el alumnado, el aprendizaje de las pautas del buen comportamiento resulta mucho más complicado de evaluar. De ahí la necesidad de recurrir con insistencia al refuerzo positivo. En este caso tenemos un vale de aplicación sin iconografía alguna identificado solo por el nombre del colegio. Se otorgaba a la niña que había destacado en el comportamiento deseado y que, a buen seguro, podía ser canjeado por algún objeto de interés: un dulce; un material educativo; una estampa; un libro, etc.

Como ya señalamos, en la actualidad, el término aplicación nos remite al universo digital. Aunque podamos rastrear algo de lo comentado en la presente realidad educativa, especialmente en lo relacionado con la enseñanza de la religión, ahora se analizará con otros enfoques y a partir de diferentes conceptos. Sirva como argumento que, incluso, una entidad tan conservadora, en el buen sentido de la palabra, como la Real Academia Española cuando enumera en su diccionario las acepciones del vocablo aplicación, no menciona nada de lo que hemos descrito aquí.