PEONZA

                        LAS VUELTAS QUE DA LA VIDA

Ángel Serafín Porto Ucha | Mª Raquel Vázquez Ramil

Universidad de Santiago de Compostela | Universidad de Valladolid

 angelserafín.porto@usc.es | mariaraquel.vazquez.@uva.es 

Peonza. Museo Pedagógico de la Universidad de Huelva

Según María Moliner, en su Diccionario de uso del español (2007), la peonza es un juguete, denominado también “peón”, particularmente el desprovisto de púa o punta de hierro, que se hace girar o bailar, azotándolo. En el Diccionario de autoridades (1734) aparece registrado como “galdrufa”. Otras acepciones relacionadas son “tanguillo” (trompa que se hace bailar con un látigo), “trompa” o “trompo”, que la autora citada recoge como “juguete que consiste en un trozo de madera de forma aproximadamente cónica, con una púa metálica en el vértice; se le arrolla una cuerda en espiral [zumbel] y se lanza reteniendo el cabo de ésta, con lo que gira en el aire y sigue girando sobre su punta al soltarse de ella y llegar al suelo”.

Estamos, pues, ante una manifestación del juego infantil, para niños y niñas, con distintas modalidades, según los lugares. Tradicionalmente, a nuestro parecer, la peonza desprovista de púa es la que mejor se adapta al juego infantil femenino. Se trata de un juego funcional, sensomotor, dinámico, de precisión, que requiere adiestramiento psicomotor, de duración variable, del que se viene ocupando ampliamente la investigación etnográfica, la didáctica y educativa, la lingüística e incluso la científica.

En su práctica grupal, se trata de un juego competitivo, de reglas lógicas y sociales. El tema aparece recogido en el refranero popular: “Bailar como un trompo” (ser diestro en el baile); “Polo San Martiño, trompo no camiño”, por su carácter estacional, pues se practica en otoño (Veiga García 1998: 217). También Goya lo trata en la pintura, en el famoso cuadro “Muchachos jugando a la peonza”, que anuncia una nueva educación de los jóvenes, con la mentalidad de la Ilustración.

Si nos centramos en el contexto general del juego, desde el punto de vista histórico-filosófico, ya Platón se ocupó del particular; tradicionalmente se lleva citado como el primero en valorar el juego como actividad útil en los aprendizajes. Así, aparece en las Leyes; también Aristóteles abordó la bondad del juego como elemento didáctico. Otros autores posteriores como Kant y educadores reformistas, Comenio, Rousseau, Pestalozzi o Froebel, significaron la utilidad del juego como estrategia educativa. A partir de las primeras aproximaciones globales, se multiplicaron las teorías y los estudios; Spencer, Wundt o Groos serán solo los pioneros en las interpretaciones del juego. En el conjunto de la Escuela Nueva, destaca Claparéde, ejemplificando las relaciones entre fines lúdicos y fines del trabajo. Desde el punto de vista sociocultural destacan Vigotski o Elkonin, y la teoría biologicista de Piaget. Entre las distintas clasificaciones, la de Roger Caillois.

Prácticamente, todos los manuales nos presentan maneras distintas de jugar a la peonza, básicamente cuando se trata de la modalidad en grupo. En el caso de los equipos, por ejemplo, se lanza el trompo o peonza, se coge con la palma de la mano bailando, se le dan golpes al juguete sin dueño depositado en la línea central, tratando de acercarlo a la línea de la meta, para, finalmente, ganar la partida.

Es uno de los juegos tradicionales más delimitados en el tiempo, de práctica semiabandonada -de ahí la importancia de estos trabajos de recuperación-, a menudo con una función lúdica, de competición, en el que el/la más hábil tirará más veces y en el que pueden establecerse secuencias. Según el criterio de cooptación, puede practicarse en la escuela, en la aldea o en el barrio. En la escuela, por edades, es adecuado para la Educación Primaria y Secundaria.

En cuanto a materiales, tenemos constancia de peonzas elaboradas con arcilla o frutos secos en épocas remotas; las más habituales fueron las de madera, especialmente maderas duras como encina, boj, haya o espino, que resistían los golpes y se podían pintar de diferentes colores o ilustrar con pequeños dibujos. Dado el material, las peonzas solían salir de las manos de artesanos de la madera, como ebanistas, carpinteros o fabricantes de muebles (Gimeno Malumbres 2010). En la actualidad, y aunque el juego como tal ha perdido relevancia, se fabrican peonzas de plástico o fibra de carbono, pero sin el significado del juego tradicional que hizo feliz a tantas generaciones de niños y niñas.

Grunfeld, en Juegos de todo el mundo (1978) hace referencia a su práctica en diferentes partes del mundo. En muchos pueblos de América se le conoce como “trompo”. Veiga García (1998) lleva registradas distintas denominaciones en el conjunto de la Península Ibérica: chimpa, buxaina, trompo (Galicia); baldufa (Baleares); trompa, peonza (La Rioja, Castilla y León); trompes (Valencia), peón, peonza, sevillanas (Andalucía); o pião (Portugal).

Pero la peonza o trompo no es mero juego infantil, es la vida misma, en palabras del poeta uruguayo Líber Falco:
La vida es como un trompo, compañeros.
La vida gira como todo gira,
Y tiene colores como los del cielo.
La vida es un juguete, compañeros.

Referencias bibliográficas

Gimeno Malumbres, Guillermo (2010): Colección de juegos infantiles: la Peonza. Segovia: Museo del Juego.

Jurado Soto, Juan José y Ramas Ramírez, Luís Miguel (2017): Juegos cooperativos con trompos, peonzas y perinolas, y otras actividades con el juguete que gira. Madrid: CCS.

Moliner, María (2007): Diccionario del uso del español. Madrid: Gredos.

Veiga García, Francisco Manuel (1998): Xogo popular galego e educación. Vixencia educativa e función de identificación cultural dos xogos e enredos tradicionais. [Tesis Doctoral, 2 vols. USC. Facultad de Ciencias de la Educación. Director: Ángel Serafín Porto Ucha].