La
prospección arqueológica de superficie y los SIG
Leonardo García Sanjuán
Departamento de Prehistoria y Arqueológica, Universidad
de Sevilla
Resumen. Se realiza un repaso de los aspectos de la prospección
arqueológica de superficie en los que la introducción
de los SIG ha tenido mayor relevancia. Se tratan cuestiones tales
como el diseño y planificación de la prospección,
la georreferenciación de las entidades arqueológicas
(corrección de errores, incremento de la precisión
y homogenización de sistemas), su representación
cartográfica (con especial énfasis en la inteligibilidad
de los mapas resultantes de las prospecciones y en las micro-topografías
de yacimientos individuales) y la integración de los resultados
de la prospección con datos procedentes de otras fuentes
(fotografía aérea, prospección geofísica,
etc.).
Palabras clave: prospección de superficie, SIG, GPS, georreferenciación,
cartografía, micro-topografía, MDT, fotografía
aérea.
Abstract. This paper presents a review of those aspects of the
archaeological survey in which the impact of GIS has been most
relevant. Those aspects include the design and planning of surveys,
the geo-referencing of archaeological entities (error correction,
increase of precision and homogenisation of projections), their
cartographic representation (with especial emphasis in map intelligibility
and micro-topography of individual sites), as well as the integration
of survey data with information collated from other sources (geophysical
prospection, air photography, etc.)
Keywords: archaeological survey, GIS, GPS, geo-referencing, cartography,
micro-topography, DTM, air photography.
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1. Introducción
Durante el siglo XIX y la primera mitad del XX, el principal
instrumento de obtención de las observaciones empíricas
pertinentes para el estudio arqueológico del Pasado fue
la excavación. La propia noción de trabajo de
campo giró principalmente (o exclusivamente) en torno
a la noción de excavación, quedando el reconocimiento
arqueológico del territorio supeditado a la tarea de identificación
de los yacimientos más significativos y adecuados para la
excavación.
A partir de la década de los 1960, la prospección
de superficie experimenta un potente impulso como vehículo
de producción de evidencias fundamentales para la comprensión
de las pautas de comportamiento humano en el Pasado. Este impulso
procede, por una parte, del elevado estatuto epistemológico
que la arqueología procesual otorga al análisis
de la territorialidad de las sociedades pasadas, lo cual, en buena
parte, es a su vez producto de la influencia de la teoría
ecológico-cultural, que en aquellos años comenzaba
a renovar el pensamiento arqueológico. Por otra, obedece
a la necesidad práctica de localizar, identificar y gestionar
las evidencias arqueológicas en países donde la creciente
expansión urbanística amenaza constantemente la integridad
del Patrimonio Arqueológico. Impulso epistemológico
o necesidad práctica, la prospección arqueológica
de superficie comienza a ser objeto, sobre todo en los Estados
Unidos y el Reino Unido, de un enriquecedor debate que sirve para
fijar los principios de su incorporación al cuerpo metodológico
principal de la disciplina arqueológica. Al trabajo seminal
de R. J. Ruppe (1966) sigue una importante serie de trabajos de
orden teórico y metodológico que en apenas diez años
fijan de hecho los principios de la prospección arqueológica
de superficie contemporánea (Redman y Watson, 1970; Rogge
y Fuller, 1977; Plog, 1978; Plog et alii, 1978; Schiffer et
alii, 1978; etc.). En España, las primeras lecturas
y aplicaciones de estas propuestas tienen lugar algo más
tarde, a partir de los años 1980 (Ruiz Zapatero, 1983; 1988;
Fernández Martínez, 1985; Fernández Martínez
y Lorrio Alvarado, 1986; Ruiz Zapatero y Burillo Mozota, 1988;
etc.), pero el efecto y consecuencia general ha sido el mismo.
Además, el despegue disciplinar de la prospección
de superficie se va a relacionar estrechamente con el desarrollo
de nuevas metodologías de reconocimiento del territorio
que han contribuido a re-dimensionar definitivamente el papel de
la excavación dentro de la disciplina, ampliando y enriqueciendo
considerablemente el alcance del trabajo arqueológico de
campo. Entre ellas destacan, naturalmente, la teledetección
y la prospección geofísica, que en los últimos
30 años se han unido a la fotografía aérea
(que venía experimentando un gran desarrollo ya desde la
década de los 1920) y al citado impulso y sistematización
de la prospección de superficie, para dar lugar a una forma
completamente nueva de entender la naturaleza y propósito
del trabajo arqueológico de campo. Desde la perspectiva
actual es posible decir que uno de los temas metodológicos
más destacados de la Arqueología de la última
parte del siglo XX ha sido el definitivo desarrollo de los principios,
procedimientos, métodos y técnicas de reconocimiento
del territorio con carácter previo o independiente de la
excavación.
En un lúcido análisis de este proceso, G. Ruiz
Zapatero señalaba hace ya varios años al proceso
de informatización, como uno de los vectores de más
rápida renovación metodológica de la prospección
de superficie (Ruiz Zapatero, 1988:39). Efectivamente, quizás
uno de los aspectos más destacados del rápido proceso
de formalización y sistematización de la prospección
arqueológica en los últimos diez años haya
sido la incorporación de la informática, y muy especialmente
de los Sistemas de Información Geográfica. Este es
precisamente el tema de este trabajo.
Afortunadamente, los SIG necesitan ya poca introducción
para los/las practicantes de la disciplina arqueológica,
sobre todo para quienes han tenido un especial interés en
temas como la propia prospección de superficie, el análisis
espacial y territorial o la gestión de inventarios de yacimientos.
Desde la aparición de sus primeras aplicaciones a comienzos
de los 1990, su extensión ha sido imparable, de forma que
en la actualidad aparecen como una plataforma de trabajo tan común
como imprescindible en el tratamiento, gestión y análisis
de la dimensión espacial de los datos arqueológicos.
Esta extensión es apreciable en la literatura generada dentro
de la disciplina en torno a este tema, lo que incluye diversas
monografías y obras generales (Allen y otros, 1990; Lock
y Stancic, 1995; Aldenderfer y Maschner, 1996; Maschner,
1996; Baena Preysler y otros, 1997; Gillings y Wise, 1998; Lock,
2000; Wheatley y Gillings, 2002; etc.), diversas actas de congresos
y reuniones especializadas (por ejemplo Johnson y North, 1995;
Sande Lemos y otros, 2000; García Sanjuán y Wheatley,
2002), además de las diversas sesiones publicadas en las
actas de las conocidas Computer Applications in Archaeology,
así como una miríada de artículos, tratando
casos de estudio específicos e investigaciones empíricas,
que conforman una bibliografía cada vez más inabarcable
-aunque véase Petrie y otros (1995) para un ensayo de compilación.
El impacto de los SIG en la disciplina arqueológica ha
ido ciertamente más allá de la gestión de
datos, habiéndose planteado un importante debate con respecto
a las consecuencias que su aplicación ha podido tener en
un orden más interpretativo y teórico, por ejemplo
con respecto a la concepción del propio registro arqueológico,
el resurgimiento (o reforzamiento) de las explicaciones de carácter
determinista-medioambiental de las estrategias de implantación
humana en el territorio, su relevancia en el análisis de paisajes
cognitivos dentro de las propuesta postprocesualistas inspiradas
en la hermeneútica, y un largo etc. (cf. Castleford,
1991; Wheatley, 1993; Claxton, 1995; Gaffney y otros 1995; Voorrips,
1996; Goodchild, 1996; Bampton, 1997; Barceló y Pallarés,
1996; 1998; etc.). Por razones de limitación de espacio,
el presente trabajo deja en parte de lado este interesante debate
teórico para centrarse en la discusión y comentario
de una serie de aspectos concretos del proceso de formalización
y sistematización de la prospección arqueológica
a través de la utilización de los SIG. Vista la discusión
introductoria precedente, por tanto, se partirá de dos premisas
principales. En primer lugar, la prospección de superficie
es, en conjunción con otros procedimientos de reconocimiento
del territorio, un instrumento irreemplazable e imprescindible
para el análisis arqueológico de la territorialidad
de las sociedades humanas pasadas, así como para la gestión
del legado material de las mismas. En segundo lugar, los SIG (o
más genéricamente, las nuevas tecnologías
espaciales) constituyen el marco de gestión y tratamiento
de la información de las prospecciones de superficie, así como
de los otros procedimientos de reconocimiento arqueológico
del territorio.
¿De qué forma han afectado los SIG al diseño
y práctica de la prospección de superficie? De una
forma muy sintética, podría decirse que, si por un
lado, han aportado una serie de procedimientos enteramente nuevos,
anteriormente inexistentes, por otro lado han hecho más
eficaz y sencilla la ejecución de procedimientos ya previamente
existentes, reduciendo el tiempo y/o el esfuerzo de trabajo requerido
y haciéndolos más rigurosos (por ejemplo mediante
un necesario incremento del grado de consistencia y estandarización
en la recogida y tratamiento de los datos). Como resultado de su
articulación en un SIG, la prospección arqueológica
se hace más eficiente, fiable y productiva. Ello tiene ciertamente
su reflejo en los cuatro temas abordados en este trabajo, que son
(i) la planificación de la prospección (estrategia,
alcance, objetivos), (ii) la georreferenciación de
los eventos arqueológicos (ubicación dentro de sistemas
de coordenadas universales), (iii) la representación y
visualización de sus propiedades espaciales (forma, tamaño,
elementos y relaciones topológicas), y (iv) la integración con
datos obtenidos mediante otros procedimientos de reconocimiento
del territorio.
La reflexión planteada a continuación en relación
con estos temas, así como los ejemplos y casos prácticos
que la ilustran, se basa en una serie de experiencias investigadoras
desarrolladas en los últimos años desde el Departamento
de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Sevilla.
Estas experiencias se pueden agrupar básicamente en dos:
(i) una línea de investigación relativa al poblamiento
de Sierra Morena occidental durante la Prehistoria Reciente que
comienza a finales de los 1980 y continua en la actualidad y (ii)
diversos proyectos realizados entre 1996 y 1999 en relación
con la gestión SIG de inventarios arqueológicos.
2. Planificación
Un primer aspecto de la prospección arqueológica
de superficie en el que los SIG tienen un gran potencial a explorar
es el de la planificación y diseño del trabajo de
campo. Posiblemente sea el modelado predictivo de la distribución
de yacimientos el ámbito en el que la contribución
de los SIG a la planificación de la prospección de
superficie se ha expresado de forma más elaborada. En el
modelado predictivo se tienen en cuenta múltiples variables
relativas tanto a las características geográficas
así como a las propiedades de los yacimientos arqueológicos
de un territorio que haya sido objeto de un reconocimiento arqueológico
intensivo, para así establecer de forma estadística
las probables pautas de localización de estos últimos
en territorios donde todavía no se ha prospectado o se ha
prospectado con menor intensidad. Los resultados de estos análisis
han sido luego utilizados para guiar y dirigir las
prospecciones de superficie hacia aquellas zonas donde existen
mayores probabilidades estadísticas de identificar determinados
yacimientos o pautas de asentamiento. La utilidad y alcance del
modelado predictivo para la prospección, análisis
espacial y gestión territorial en Arqueología ha
sido objeto de un amplio debate disciplinar que ha servido para
fijar el alcance y los límites que puede tener en la investigación
y gestión arqueológicas (Carmichel, 1990; Warren,
1990; Brandt y otros, 1992; Wheatley, 1996; Deeben y otros 1997;
etc.).
En realidad los SIG aportan numerosas herramientas que, sin llegar
a la complejidad del modelado predictivo, pueden ser de gran utilidad
en la planificación de la prospección. Cualquier
proyecto o trabajo de prospección comienza por el planteamiento
de preguntas básicas relativas al área a prospectar. ¿Qué superficie
implica? ¿Cuáles son las condiciones topográficas
imperantes en términos de pendiente media, cursos de agua
o elevaciones? ¿Cuál es la cobertura vegetal predominante? ¿Cuáles
son los precedentes arqueológicos de la zona? ¿En
qué zona es más probable encontrar una determinada
categoría de yacimientos? De la respuesta dada a estas preguntas
depende en buena medida la configuración de la estrategia
de trabajo y por tanto los resultados que se obtendrán más
tarde. Las consultas de carácter espacial, cálculos
de superficies, distancias o pendientes como parte de la preparación
del trabajo de campo, cálculos que con anterioridad a la
aparición de los SIG constituían una tarea manual
bastante lenta y tediosa (Estébanez y Puyol, 1976:34), se
convierten en simple rutina dentro de un SIG.
Un ejemplo muy sencillo de cómo las utilidades más
básicas de recuento y cálculo de superficies o distancias
de los SIG pueden incrementar la eficacia de las prospecciones
de superficie en el estadio de planificación, es la estimación
de densidades de yacimientos. Estas estimaciones pueden servir
como referente durante el desarrollo del trabajo de campo, indicando
la eficacia o rendimiento de la prospección y actuando como
un sencillo pero contundente control de calidad de las mismas.
La pregunta a responder es ¿qué cantidad o densidad
de yacimientos es probable detectar en una zona a prospectar dadas
una serie de condiciones ambientales, geográficas, históricas,
etc.?
| La Figura 1 muestra un mapa de los términos municipales
de Sierra Morena occidental donde se constata que la densidad
de yacimientos/Km2 queda muy por debajo de los parámetros
identificados en otras regiones y países europeos con
mayor tradición en el campo del reconocimiento arqueológico
del territorio (Wheatley y García Sanjuán, 2002:158).
Incluso en aquellos municipios en los que se han realizado cartas
arqueológicas o exploraciones más o menos
asistemáticas (aquellos que en la Figura 1 coinciden
con los polígonos en trazo más grueso), los niveles
se mantienen por debajo de 0,2 yacimientos/Km2. |
|
Ello ha sido tenido en cuenta
al evaluar a posteriori los resultados obtenidos en prospecciones
realizadas por la Universidad de Sevilla en el curso alto de la
Rivera de Huelva, en Sierra Morena occidental (Hurtado Pérez
y otros, 1993; Hurtado Pérez y García Sanjuán,
1995), así como para decidir a priori la estrategia
en varias prospecciones llevadas a cabo en Almadén de la
Plata (Sevilla) entre 2000 y 2002 (García Sanjuán
y Vargas Durán, 2002; García Sanjuán y otros,
2003). La Tabla 1 muestra los resultados comparativos de tales
prospecciones, con densidades de yacimientos mucho más altas
gracias a la aplicación de la adecuada estrategia intensiva.
|
AMBITO
|
EXTENSION
|
NUMERO
YACIMIENTOS
|
DENSIDAD
MEDIA
|
|
TM Almadén de la Plata.
Zona prospección
intensiva
|
16,77 Km2
|
26
|
1,540
|
|
Pantano de Los Melonares
Zona prospección intensiva
|
34,8 Km2
|
39
|
1,120
|
|
TM Almadén de la Plata
|
255,65 Km2
|
102
|
0,398
|
|
Campiña de Sevilla
|
3.723 Km2
|
1.455
|
0,390
|
|
Andalucía
|
87.268 Km2
|
c. 12.000
|
0,137
|
|
Sierra Morena Occidental
|
5.038 Km2
|
544
|
0,107
|
|
Sierra Norte de Sevilla
|
3.771 Km2
|
160
|
0,041
|
|
Tabla 1
Densidades de yacimientos arqueológicos
en
diversas regiones
y sectores de Andalucía occidental
|
Este empleo de las utilidades de los SIG para calcular densidades
de yacimientos (o cualesquiera otros parámetros relativos
a su dispersión o concentración) tiene evidentes
implicaciones a nivel más general, en cuanto a diseño
de políticas de protección patrimonial.
| Cuando en 1996 se obtuvo la primera
cartografía digital del inventario de yacimientos arqueológicos
de Andalucía, una de las revelaciones más incuestionables
fue la de la extrema irregularidad de su distribución
territorial (Amores y otros, 1997:131). Un ejemplo particularmente
drástico
de ello se muestra en la Figura 2, donde se puede comprobar
el agudo contraste de densidades de yacimientos dentro de los
límites de distintas hojas del Mapa Topográfico
Nacional en la campiña de la provincia de Sevilla, dado
que dichas hojas (y no cualesquiera unidades de paisaje) fueron
utilizadas como límite y referente para la realización
de cartas arqueológicas en los años 1980.
La visualización en un SIG de una información
de carácter eminentemente espacial, que hasta aquella
fecha había sido gestionada de forma exclusiva en papel,
sugirió una amplia serie de prioridades y estrategias
a tener en cuenta en futuras actuaciones de reconocimiento
arqueológico del territorio andaluz. |
|
Un segundo caso típico de utilización de los SIG
de cara a la planificación de la prospección es la
selección de áreas preferentes para la actuación
en función de las prioridades epistemológicas o prácticas
del proyecto. En las Figuras 3, 4 y 5 se ilustra el caso de un
proyecto de análisis de paisajes megalíticos en Sierra
Morena occidental, donde se pretende establecer si las vías
pecuarias pueden servir de indicador proxy de la distribución
de los monumentos megalíticos.
|
|
|
figura 3 |
figura 4 |
figura 5 |
Como es sabido, una de las
interpretaciones formuladas con respecto a los monumentos megalíticos
europeos es que servían de hitos o señales visibles
en zonas de paso, lo que ha llevado a que se cite en ocasiones
a las vías pecuarias como ejemplo de vías de comunicación
y paso tradicionales o arcaicas. Ciertamente la correlación
entre el trazado de las vías pecuarias actualmente conocidas
y las rutas o vías de comunicación de la Prehistoria
Reciente está lejos de haber sido demostrada empíricamente,
aunque se trata de una hipótesis sugerente. De ser cierta
dicha hipótesis sería correcto esperar una cierta
tendencia de los monumentos megalíticos a agruparse en torno
al trazado de las vías pecuarias donde serían más
visibles para una mayor cantidad de gente, cumpliendo así mejor
su función señalizadora. Asumiendo estas consideraciones,
en la Figura 3 se ha cartografiado conjuntamente los monumentos
megalíticos y las vías pecuarias de Sierra Morena
occidental, añadiendo en torno al trazado de las vías
pecuarias un buffer de 1000 metros. Gracias a las utilidades
de cálculo de distancias y áreas de un SIG se puede
comprobar con gran rapidez que, a nivel de todo el territorio de
Sierra Morena occidental no existe diferencia alguna entre la densidad
general de megalitos (0,017 megalitos/Km2) y la densidad
particular observada a un lado y otro de las vías pecuarias
(0,016 megalitos/Km2). En cambio, si se centra el recuento
en Almadén de la Plata (Figura 4), un municipio que ha sido
objeto de prospecciones previas, se comprueba que la densidad de
monumentos megalíticos en torno a aquellas vías pecuarias
que han sido prospectadas intensivamente (es decir mediante un
barrido sistemático del terreno) se incrementa notablemente
hasta alcanzar una densidad seis veces superior, de 0,10 monumentos
por Km2. Ello es especialmente perceptible en un sector
del municipio de Almadén de la Plata llamado Dehesa de Palacio,
donde varios monumentos megalíticos se agrupan en torno
al trazado de la vía pecuaria conocida como "Cordel
de El Pedroso" (Figura 5).
En definitiva, los SIG pueden ser utilizados de múltiples
formas en la fase de preparación de una prospección
arqueológica de superficie. La simple visualización
de las condiciones del terreno es una de ellas: los SIG son el
marco idóneo para gestionar fotografías aéreas
e imágenes satélite (que muestran con un alto grado
de actualización las cambiantes condiciones de uso del suelo
y cobertura vegetal) en combinación con cartografía.
La selección de zonas de actuación preferente en
base a cualesquiera postulados epistemológicos, teóricos
o prácticos, según se ha mostrado en los ejemplos
anteriores, es otra de ellas. En ambos casos los SIG puede actuar
no solo como extraordinarias herramientas con la que incrementar
la eficacia del tratamiento y gestión de datos sino como
verdadero estímulo para pensar la prospección
de una forma más creativa sobre la base de hipótesis
originales.
3. Georreferenciación
Un segundo aspecto crucial de la prospección arqueológica
de superficie que se ha beneficiado considerablemente de la introducción
de los SIG es la georreferenciación (Wheatley y Gillings,
2002:27). La georreferenciación supone la correcta inserción
de las entidades arqueológicas (yacimientos, monumentos
funerarios individuales, hallazgos aislados, territorios de captación,
etc.) dentro de sistemas de coordenadas estandarizados que permitan
su visualización y ulterior representación cartográfica
cruzada con otros elementos y temas geográficos (topografía,
hidrología, cobertura vegetal, geología, etc.). Se
trata de un aspecto vital para la prospección de superficie,
ya que una correcta georreferenciación constituye una exigencia
fundamental de calidad en los resultados obtenidos y una garantía
para la ulterior explotación de los datos en términos
de análisis espacial y territorial.
Tres aspectos de la utilización de los SIG en este ámbito
son especialmente destacables: (a) la detección y corrección
de errores, (b) el incremento de la precisión mediante la
utilización combinada de los SIG con la tecnología
GPS, y (c) la racionalización en el uso de los sistemas
de proyección y designación de coordenadas.
a) Hasta hace pocos años el tratamiento dado a la precisión
georreferencial de la prospección arqueológica era,
en un número elevado de casos, menos que satisfactorio.
Algunos ejemplos de prospecciones llevadas a cabo Andalucía
occidental muestran significativas deficiencias en materia de georreferenciación.
Así, en el caso de una carta arqueológica de la provincia
de Huelva, la localización geográfica de algunos
yacimientos varía considerablemente en mapas de distribución
publicados con algunos años de intervalo. Donde un yacimiento
es originalmente situado en la margen izquierda de un río,
una subsiguiente publicación lo muestra en su margen derecha;
donde un yacimiento aparece en la cima de un cerro, un mapa posterior
lo muestra en su ladera.
Tales errores, que por supuesto comprometen seriamente la posibilidad
de interpretar los (trabajosamente obtenidos) datos de la prospección
en términos de análisis espacial o de gestión
patrimonial, son en parte achacables a la falta de formación
básica en materia de cartografía que hemos padecido
(y desafortunadamente seguimos padeciendo) arqueólogos y
arqueólogas, así como también a la limitación
de los medios técnicos con los que se ha abordado la tarea
hasta hace unos años.
En el caso de Andalucía (como en la mayor parte de España),
la cartografía que se había venido utilizando hasta
comienzos de los años 1990 para ubicar los yacimientos arqueológicos
(y así obtener sus coordenadas), era el Mapa Topográfico
Nacional (MTN) a escala 1:50.000 confeccionado por el Instituto
Geográfico Nacional (con la colaboración del Servicio
Geográfico del Ejército), entre 1875 y 1968 (Estébanez
y Puyol, 1976:4). Sobre esa escala, las magnitudes de algunas decenas
de metros en que (normalmente) se desenvuelven los yacimientos
arqueológicos, solo podían ser reflejadas con una
aproximación de decenas (a veces incluso centenas) de metro:
un milímetro sobre un mapa a escala 1:50.000 supone 50 metros
de terreno, y el ojo humano está mal preparado para distinguir
magnitudes inferiores a un milímetro. Por ello, a posteriori,
se generaba una alta imprecisión e incertidumbre respecto
a la localización exacta de los eventos arqueológicos,
por no hablar de su forma o extensión, que no era físicamente
representable sobre tales mapas. No es extraño, pues, que
cuando en 1996 se abordó por primera vez la migración
a un entorno SIG del inventario de yacimientos arqueológicos
de Andalucía (que hasta entonces se había alimentado
fundamentalmente de los datos obtenidos de cartas arqueológicas
dependientes de la cartografía 1:50.000), uno de los problemas
más serios detectados fueron los errores de georreferenciación
(Amores Carredano y otros, 1997; 1999; 2000). Es más, solo
mediante su transferencia y visualización en un SIG se hizo
posible la detección de errores de georreferenciación
de numerosos yacimientos arqueológicos que habían
pasado inadvertidos durante años (debido a las limitaciones
inherentes a la gestión manual de los datos), dando así paso
al establecimiento de las oportunas medidas de corrección.
Otros inventarios regionales y nacionales de yacimientos arqueológicos
han experimentado problemas semejantes al utilizar coordenadas
incorrectamente obtenidas o designadas en el curso de prospecciones
de superficie (García Sanjuán y Wheatley, 1999:210-211).
Naturalmente, la gradual disponibilidad de cartografía
topográfica y temática a mayor escala (1:25.000,
1:10.000) ha contribuido de manera notable a mejorar la calidad
de la georreferenciación manual en la prospección
arqueológica de superficie. La aparición a comienzos
de los 1990 de la serie topográfica 1:10.000 de la Consejería
de Obras Públicas y Transportes (COPT) de la Junta de Andalucía
vino a mejorar mucho la calidad de la georreferenciación
de los yacimientos arqueológicos andaluces, permitiendo
que la cantidad e importancia de los errores disminuyera en las
prospecciones realizadas a partir de entonces y permitiendo asimismo
la representación de la forma y extensión de los
eventos arqueológicos sobre una plataforma SIG (Fernández
Cacho, 2002a; 2002c).
b) Sin embargo, el avance que ha permitido dar el paso definitivo
hacia la cualificación de la georreferenciación arqueológica
ha sido la extensión definitiva de una tecnología
intrínsecamente ligada a los SIG: el Sistema de
Posicionamiento Global o, en sus siglas inglesas, GPS (Global
Positioning System). Dada su creciente accesibilidad económica,
su precisión y su carácter portátil, la incorporación
de la tecnología GPS en el trabajo arqueológico de
campo, y muy especialmente a la prospección de superficie,
ha sido fulgurante, aportando una solución definitiva al
viejo problema de la calidad de la georreferenciación arqueológica
(Amado Reino, 1997; Estrada, 1997; Colosi et alii, 2001a;
2001b; Gabrielli, 2001).
En lo que se refiere a su agilidad, la utilización de
receptores GPS en la prospección de superficie permite generar
listas de cientos de pares de coordenadas (por ejemplo de los nodos
de los polígonos que delimitan cada yacimiento) en ficheros
de texto simple que pueden luego ser automáticamente leídos
desde un SIG. De hecho, una de las formas más comunes de
generar una cobertura de yacimientos en un SIG es mediante la lectura
de ficheros ASCII que contienen las coordenadas de los puntos,
líneas o polígonos utilizados para representar los
eventos arqueológicos identificados en el campo (Wheatley
y Gillings, 2002:71). Ello, naturalmente, simplifica y agiliza
enormemente procedimientos que hasta hace no muchos años
se hacía de forma enteramente manual.
En lo que respecta a su precisión, como es sabido, el
Sistema de Posicionamiento Global incluía hasta hace muy
poco tiempo un error deliberado introducido por del gobierno de
los EEUU, error que ha quedado recientemente eliminado, por lo
que incluso los aparatos más económicos y sencillos
pueden alcanzar muy elevadas precisiones, con márgenes de
error de escasos metros por lo general aceptables para la prospección
arqueológica de superficie. Pero incluso si tales márgenes
de error no son aceptables por cualesquiera razones, la utilización
de GPS diferenciales permite actualmente obtener precisiones centimétricas
y subcentimétricas en la ubicación de los eventos
arqueológicos sobre el terreno, lo que ha dado paso a la
utilización de los mismos, no ya para la ubicación
de yacimientos, sino para la ubicación de estructuras y
artefactos a nivel semi-micro o dentro de una excavación
(tarea que hasta ahora venían realizando las estaciones
totales), así como para la elaboración de micro-topografías
de alta precisión de yacimientos individuales (este tema
es discutido de forma más monográfica en la siguiente
sección de este trabajo).
c) Un último efecto claramente beneficioso que ha tenido
la aplicación de los SIG en cuanto a la georreferenciación
de yacimientos arqueológicos es la tendencia a la unificación
de sistemas de proyección y a la racionalización
y normalización de la designación de coordenadas.
Un problema general de la cartografía arqueológica
ha sido durante muchos años la ausencia de uniformidad en
cuanto a los sistemas de coordenadas empleados para ubicar los
yacimientos prospectados - durante los cuatro últimos siglos
se han desarrollado más de doscientas proyecciones cartográficas
distintas (Raisz, 1978:73; Joly, 1979:48).
En el caso andaluz, las prospecciones de superficie de las que
se ha alimentado el inventario regional de yacimientos arqueológicos
habían, efectivamente, hecho uso de distintas proyecciones
cartográficas (geográficas, Lambert, UTM) con sus
respectivos sistemas de notación, lo que requirió un
intensivo tratamiento previo de la información para su migración
a un SIG (Amores y otros, 1996:155). Concretamente, se hicieron
necesarias tres transformaciones. Primero fue preciso proceder
a una uniformización de todas las coordenadas a la proyección
UTM (Universal Tranversa Mercator), la más aceptada
internacionalmente en Arqueología desde hace años
(Arroyo Bishop y Lantada Zarzosa, 1992:137). En segundo lugar,
fue necesario tratar aquellas coordenadas que, habiendo sido obtenidas
dentro de la proyección UTM, presentaban en su designación
referencias a la cuadrícula militar CUTM, que incluye en
la notación caracteres y dígitos, y no solo dígitos
(Rossignoli Just, 1976:151-152), lo que la hace inadecuada para
su tratamiento en un SIG. Finalmente fue preciso trasladar al huso
30 las coordenadas de los yacimientos situados en el huso 20, ya
que esa es la norma seguida por las instituciones generadoras de
cartografía de la Comunidad Autónoma Andaluza.
Aunque las distintas operaciones realizadas en el caso citado
varían en cuanto a su dificultad o costo en tiempo y recursos
(algunas, como por ejemplo la conversión de husos, son en
la actualidad extremadamente sencillas actualmente gracias a las
utilidades informáticas), la utilización de los SIG
ha impuesto por sí misma una sistematización y racionalización
en el tratamiento de las coordenadas cartográficas que permiten
ubicar los eventos arqueológicos en el paisaje. El sistema
actual de gestión del inventario andaluz de yacimientos
tiene rutinas de detección automática de errores
en las coordenadas de los nuevos yacimientos que, procedentes de
prospecciones de campo, son dados de alta en la base de datos (Fernández
Cacho, 2002b). Esta tendencia a la normalización puede ser
considerada bastante beneficiosa, ya que impone la toma de una
serie de decisiones conscientes, argumentadas y explícitas
que agilizan y hacen más efectivo el tratamiento y transferencia
de la información arqueológica.
4. Representación
El tercer ámbito en el que la introducción de los
SIG ha tenido un efecto positivo en la calidad de la prospección
de superficie es el de la representación cartográfica
arqueológica. El resultado tangible más inmediato
de cualquier prospección es un mapa de la distribución
de yacimientos en el territorio prospectado (Price y otros, 1995:159).
A este respecto cabe destacar dos temas principales: (a) la inteligibilidad
de los mapas arqueológicos y (b) la realización de
microtopografías como alternativa a la representación
geométrica simple de los eventos arqueológicos.
a) Como disciplina responsable de la producción de mapas,
la cartografía ha desarrollado a lo largo del tiempo criterios
y procedimientos altamente formalizados y contrastados por la experiencia
para la representación bidimensional de la información
(Raisz, 1978:117-139; Joly, 1979:69-119). La elaboración
de mapas supone un ejercicio reflexivo y técnicamente cualificado
de utilización de elementos gráficos significativos
para el ojo humano, al objeto de hacer inteligible el mensaje propuesto.
Esta semiótica cartográfica requiere un uso
informado y pautado de los símbolos, tanto en cuanto a sus
elementos (forma, tamaño, color, tono, grano, orientación)
como en cuanto a sus tipos (pictogramas, ideogramas, tramas).
La cartografía arqueológica no es en este sentido
distinta de cualquier otra cartografía, teniendo como finalidad
básica comunicar de forma efectiva una información
mediante un impacto visual inmediato, destacando lo que es necesario
destacar y simplificando, sin distorsionarla, la información
a transmitir (Priestley, 1992:98). En el caso de las prospecciones
de superficie (o, por extensión, el reconocimiento arqueológico
del territorio), esa información a transmitir se presenta,
generalmente, en forma de distribuciones de yacimientos y eventos
arqueológicos, así como en forma de planos de yacimientos
individuales de especial importancia.
Para valorar la significación que los SIG han tenido en
relación con este aspecto de la prospección de superficie
resulta práctico hacer referencia a la situación
anterior a su aparición y extensión. Tomando de nuevo
como referente el caso de la Arqueología andaluza, una revisión ad
hoc y asistemática (es decir, sin voluntad de establecer
conclusiones estadísticas) de los Anuarios Arqueológicos (entendiendo
que pueden ser considerados una muestra tan representativa como
cualquier otra de la práctica arqueológica realizada
dentro esta comunidad autónoma) resulta bastante ilustrativa.
De acuerdo con esta revisión, en los Anuarios publicados
en la segunda mitad de los 1980 y primera mitad de los 1990 la
calidad de los mapas arqueológicos es por lo general limitada
o baja. Tanto así, que más que de verdaderos mapas,
cabe hablar de croquis arqueológicos, escasos en
precisión y en detalles y, con cierta frecuencia, escasamente
inteligibles. La ausencia de escalas, leyendas y orientación
es muy frecuente, como lo es la utilización de trazos someros
hechos a mano para indicar la distribución de los yacimientos
arqueológicos sobre la porción correspondiente del
MTN o de la cartografía topográfica de la COPT de
la Junta de Andalucía. La calidad de la reproducción
gráfica de muchos de los Anuarios de esos años
no ayuda a realzar la inteligibilidad de la cartografía
en ellos publicada.
En los Anuarios correspondientes a la segunda mitad de
los 1990, mejora bastante la calidad general de la cartografía
arqueológica. Se hace evidente la extensión de la
utilización de programas informáticos, sobre todo
de CAD (para planos y plantas de excavaciones) y de análisis
topográfico, con representaciones tridimensionales del terreno
que se aproximan bastante al concepto de modelo digital del terreno,
aunque no se trate de coberturas topográficas propiamente
dichas (es decir, gestionadas dentro de un SIG). Los primeros mapas
claramente elaborados en un SIG aparecen en los Anuarios correspondientes
a 1993 (publicado en 1997) y 1994 (publicado en 1999), es decir,
en fechas más bien tardías. El primero de ellos corresponde
a un mapa, elaborado en Arc Info, de distribución de yacimientos
de la Edad del Bronce de Sierra Morena occidental sobre una cobertura
de altimetría (García Sanjuán, 1997) que es
parte de una investigación más amplia sobre el poblamiento
prehistórico de esa región que hizo un uso extensivo
de los SIG (García Sanjuán, 1999). El segundo corresponde
a una serie de mapas, elaborados en Arc View, que muestran la distribución
de yacimientos de época ibérica a moderna en el municipio
de Écija (Sevilla), utilizando una serie de coberturas tanto
geográficas generales (tipos de suelo, red fluvial, altimetría)
como específicamente arqueológicas (por ejemplo vías
romanas) (Sáénz Fernández y otros, 1999) y
que son parte de un amplio proyecto de análisis de la evolución
del poblamiento de la zona (Sáenz Fernández y otros,
2000).
Las ventajas derivadas de la utilización de los SIG para
la inteligibilidad de la cartografía arqueológica
son más que aparentes y no deberían requerir demasiada
discusión, dado que el diseño y producción
de mapas es una de las funcionalidades básicas para las
que dichos sistemas informáticos están concebidos.
En todo caso baste mencionar aspectos básicos del tratamiento
de los elementos gráficos del mapa tales como la proporcionalidad
y escala en la distribución, la combinación de múltiples
elementos (colores, tramas, grosores, tamaños y formas de
los símbolos), la selección de los elementos más
relevantes, la claridad y la nitidez en el trazado, etc. Este punto
queda bastante bien ilustrado en las Figuras 6 y 7, que muestran
la distribución de yacimientos en torno al embalse de Aracena,
en Sierra Morena occidental.
En la Figura 6, una versión
raster y georreferenciada del MTN a escala 1:50.000 es utilizada
como base para visualizar la distribución de yacimientos
(representados como puntos) de forma semejante a como se ha hecho
durante muchos años en las publicaciones de los Anuarios.
Este mapa es escasamente inteligible, ya que la información
arqueológica se sobrepone de forma directa a un mapa ya
de por sí cargado con bastante información. En la
Figura 7, en cambio, se ha hecho una selección de
elementos cartográficos: las curvas de nivel del MTN han
sido digitalizadas separadamente como elemento de especial interés
arqueológico y se ha combinado con la cobertura de hidrología
y embalses del mapa digital de Andalucía. Cuando los puntos
que representan los yacimientos arqueológicos son mostrados
con esta selección de temas cartográficos, la inteligibilidad
del mapa (y por tanto su calidad) aumenta considerablemente.
Si hace 10 años los elevados costos económicos
del software y hardware y la dificultad de manejo
de los programas (por la escasa amistosidad de los interfaces
de usuario) hacían del uso de los SIG en proyectos y trabajos
arqueológicos una pequeña aventura, en la actualidad,
y por las razones exactamente opuestas (es decir, por el enorme
abaratamiento de costes que se ha producido y por la aparición
de una generación de programas de manejo más sencillo)
resulta difícilmente aceptable que la cartografía
arqueológica se publique con bajos niveles de calidad. Un
buen mapa de la distribución de un fenómeno en el
espacio invita al ojo humano a buscar pautas e incita al cerebro
a hacerse preguntas: en este sentido, una visualización
cualificada como que la que aportan los SIG constituye siempre
un primer paso en la dirección correcta, es decir, hacia
una buena interpretación de los datos (Goodchild, 1996:242;
Kvamme, 1999:160). Pero además, los SIG pueden y deben ser
utilizados para algo más que para re-elaborar de forma más
profesional la tradicional cartografía arqueológica
"de puntos sobre un mapa" (Quesada Sanz y Baena
Preysler, 1997:94), ya que posibilitan la generación de
mapas analíticos
y temáticos que contribuyan a la interpretación arqueológica,
utilizando plenamente las técnicas de análisis y
manipulación de la información espacial de que disponen
(interpolación, cálculo de visibilidad, distancia,
topografía, etc.).
b) El segundo de los temas relativos a la representación
cartográfica arqueológica en el que los SIG
están teniendo un impacto importante es el de los formatos
de representación de los propios eventos arqueológicos.
La representación cartográfica del registro arqueológico
en un SIG se ha resuelto hasta ahora asumiendo grados variables
de simplificación (recordemos que toda representación
cartográfica de la realidad implica por definición
un cierto grado de abstracción) según los cuales,
conjuntos continuos de evidencias materiales identificadas
en superficie con límites imprecisos, son transformados
en entidades geométricas más o menos simples tales
como puntos, líneas y polígonos.
Idealmente, la representación espacial de las entidades
arqueológicas identificadas en la prospección de
superficie podría basarse en datos precisos de esas evidencias
materiales localizadas en superficie (artefactos, restos de muros,
terrazas, etc.), o, de existir, en cartografía del subsuelo derivada
de prospecciones geofísicas. Naturalmente, los límites
a este respecto los imponen los recursos financieros disponibles
para cada prospección. La inmensa mayoría de los
inventarios de yacimientos arqueológicos europeos carecen
de tales representaciones detalladas excepto para los yacimientos
considerados más excepcionales y de mayor importancia, recurriéndose
en cambio a la utilización de formas geométricas
tales como puntos y polígonos para representar cartográficamente
los yacimientos (Wheatley y García Sanjuán, 2002:157).
En el caso del inventario de yacimientos arqueológicos
de Andalucía, la mayoría de los yacimientos arqueológicos
son representados espacialmente como un punto, es decir, con un único
par de coordenadas, lo cual es consecuencia directa de la imprecisión
georreferencial en que (según se ha discutido antes) se
desenvolvieron la mayor parte de las prospecciones arqueológicas
que sirvieron para alimentar dicho inventario. Tales puntos no
pueden dar cuenta de propiedades fundamentales de los yacimientos
arqueológicos tales como la topografía, forma o extensión.
Las representaciones poligonales, más costosas, puesto que
requieren observaciones de campo más detalladas, permiten
en cambio mejorar sensiblemente la calidad de la representación
de los eventos arqueológicos.
Sin embargo, la creciente disponibilidad de la tecnología
GPS y su versátil integración con los SIG está posibilitando
nuevas y más satisfactorias formas de representación
de las entidades arqueológicas, abriendo el camino a la
futura superación de las limitaciones inherentes a las formas
geométricas simples. Los GPS diferenciales trabajan con
dos receptores, uno en movimiento y otro fijo como estación
base, de forma que los datos relativos a las diferencias entre
las posiciones registradas y reales de cada satélite pueden
ser procesados por la estación base para calcular las correcciones
correspondientes a la posición del receptor móvil
(Wheatley y Gillings, 2002:73). Si es programado en modo lectura
continua automática, el GPS diferencial puede registrar
las coordenadas y la altitud de la localización del operador
que porta el receptor móvil a cada cierto tiempo o a cada
cierta distancia de desplazamiento.
En el curso de las prospecciones de superficie realizadas en
la zona de afección del embalse de Los Melonares (Sevilla)
entre 2001 y 2002 (García Sanjuán y otros, 2003),
se han realizado micro-topografías de alta resolución
de una serie de yacimientos identificados al objeto de lograr,
primero, su precisa georreferenciación, y segundo una representación
de su forma, tamaño y topografía lo más exacta
posible. Para ello se utilizó un GPS diferencial de alta
resolución modelo Leica SR530 configurado para reconocimiento
RTK (Real Time Kinematics) que incluye dos receptores conectados
vía radiomodem. La pauta de reconocimiento microtopográfico
se adaptó a las peculiaridades de cada yacimiento, pero
de forma general puede decirse que se utilizó como referencia
para la captura de datos de longitud, latitud y altitud una malla
de puntos con una separación media de entre 25 y 50 cms.
Para cada yacimiento reconocido se capturaron varios miles de puntos
con una precisión media de entre 2 y 3 cm. horizontalmente
(latitud y longitud en coordenadas UTM) y de entre 4-8 cm. verticalmente
(altitud).
Tomando como ejemplo la micro-topografía realizada para
el yacimiento Dolmen de Palacio III (Almadén de la Plata,
Sevilla), en una hora y 45 minutos de trabajo con el GPS diferencial
se obtuvieron 4397 puntos en un área de 4605 m2,
lo cual supone casi una lectura por metro cuadrado (exactamente
0.95 cotas/ m2) para un área de poco más
de 7 metros de desnivel (altitud máxima sobre el nivel del
mar 238,9 metros, altitud mínima 231,6) (Figuras 8 y 9).
La
información obtenida fue exportada en forma de un fichero
ASCII muy sencillo con cuatro columnas (identificador, longitud,
latitud y altitud) al SIG Arc View 3.2., en el que se realizó una
interpolación de las cotas al objeto de obtener un mapa
de curvas de nivel de la micro-topografía del yacimiento
(Figura 10). Este mapa tiene un intervalo de 1 cm de altitud entre
cada curva de nivel y ha sido utilizado para crear un modelo digital
de elevación de alta resolución del monumento megalítico
(Figuras 11 y 12). El registro realizado sobre el terreno incluyó la
georreferenciación de la cuadrícula que se había
trazado sobre el yacimiento para su posterior excavación,
así como de diversos ortostatos que se encontraban desplazados,
rodados por las laderas del túmulo dolménico. El
tiempo aproximado de procesamiento de los datos obtenidos sobre
el terreno para generar dicha representación microtopográfica
del yacimiento fue de una hora.
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figura 10 |
figura 11 |
figura 12 |
figura 13 |
El mapa de curvas de nivel obtenido puede ser comparado con el
levantamiento topográfico realizado de este mismo yacimiento
en 1996 con medios convencionales (Figura 13). Este mapa del yacimiento
fue elaborado tras una mañana completa de trabajo de campo
y otra mañana de trabajo de delineación, y fue elaborado
a mano y entregado en soporte papel (por lo que su manipulación
o transformación en un SIG hubiera requerido un importante
trabajo de digitalización) mostrando curvas de nivel con
un intervalo de 25 centímetros (es decir 25 veces más
que la microtopografía GPS).
En la experiencia acumulada en el transcurso de las citadas prospecciones,
una jornada bien aprovechada de trabajo permitía la prospección
micro-topográfica intensiva de tres yacimientos que no se
encontrasen demasiado distantes entre sí. Ello supone que
la realización de mapas y topografías a escala semi-micro
de yacimientos y sus estructuras individuales se está haciendo
rápidamente accesible. Los GPS diferenciales todavía
requieren costos de inversión inicial considerables (o al
menos considerables para lo que son los presupuestos arqueológicos
habituales en Andalucía). Pero estos costos pueden ser amortizados
en términos de eficacia en la gestión y en la protección
si el uso de la tecnología GPS-SIG se aplica a la representación
de yacimientos arqueológicos de singular importancia. Al
fin y al cabo, si para estimar la extensión y forma de un
yacimiento sobre el terreno y así representarlo como un
polígono en un SIG es necesario recorrerlo a pie, igual
da hacer dicho recorrido cargando con los escasos tres kilos del
equipo portátil de un GPS diferencial, con lo cual, sin
apenas trabajo adicional, se está obteniendo automáticamente
una representación de alta resolución de la topografía
del mismo.
Cuando, como en el caso de Dolmen de Palacio III, existen topografías
antiguas (elaboradas con medios pre-SIG) de un yacimiento dado,
pueden plantearse alternativas a la captura directa de datos para
la realización de modelos digitales del terreno. Siempre
y cuando la topografía original presente el suficiente nivel
de detalle, es posible transferir dicha cartografía a un
entorno SIG para obtener resultados parecidos a los alcanzados
con un GPS de alta resolución. Un ejemplo de este tipo de
procesamiento de la información de la prospección
de superficie es el trabajo realizado con el asentamiento de la
Edad del Bronce de El Trastejón (Zufre, Huelva), excavado
por el profesor V. Hurtado Pérez. De este yacimiento se
disponía de un levantamiento topográfico en papel
realizado manualmente en 1988 a escala 1:2000. Para obtener un
MDT se procedió primero a una rasterización de esa
imagen fuente; la imagen raster resultante fue manipulada para
acentuar el contraste de blancos (fondo neutro de la imagen) y
negros (curvas de nivel), creándose así una base
digital binaria en formato TIFF. Esta imagen raster fue a continuación
vectorizada de modo automático mediante un software específico
(Figura 14), generándose un fichero DXF que fue entonces
georreferenciado e importado en un SIG, donde ha sido posible obtener
un modelo digital del terreno del yacimiento, que como permiten
apreciar la Figura 15, es de gran precisión.
Con un desnivel real de 87 metros (cota máxima de 427
y mínima de 340), el MDT de El Trastejón tiene curvas
de nivel a intervalos de 1 metro de altitud, lo cual representa
una precisión exactamente 100 veces inferior a la obtenida
en el Dolmen de Palacio III. Sin embargo, hay que tener en cuenta
que el tamaño del área cubierta por la topografía
es de 218.237 m2 (21,8 hectáreas), esto es, casi
50 veces más grande que la del Dolmen de Palacio III.
Con independencia de las condiciones de precisión aplicables,
la utilización de los SIG permite actualmente representar
las entidades arqueológicas, incluso a nivel de reconocimiento
superficial, con un alto grado de detalle. Ello supone una alternativa
verosímil (y cada vez más asumible en términos
de costes) para superar las limitaciones de la dualidad punto-polígono
en la representación cartográfica de los yacimientos.
5. Integración
El cuarto y último aspecto de la prospección arqueológica
en el que la utilización de los SIG ha supuesto un potente
progreso de eficacia y fiabilidad es el de la integración de
datos. Si hay una característica que defina la singularidad
de los SIG como sistemas de información, esa es probablemente
su capacidad para integrar datos procedentes de múltiples
fuentes, en múltiples formatos y su capacidad para representarlos
de forma integrada de múltiples maneras diferentes (pantallas,
salidas gráficas cartográficas, tablas numéricas,
gráficos estadísticos, etc.). Una de las operaciones
más simples a realizar en un SIG es la conexión de
los elementos espacialmente referenciados con los atributos almacenados
en una base de datos alfanumérica mediante los códigos
de identificación únicos de los registros. Otra operación,
no menos simple y habitual en el manejo de cualquier SIG, es la
superposición y combinación de elementos espacialmente
referenciados procedentes de diversas fuentes que, en el caso de
la prospección arqueológica, pueden ser imágenes
de la superficie terrestre obtenidas desde el aire o desde el espacio,
imágenes del subsuelo obtenidas mediante prospección
geofísica, mapas digitales modernos, mapas antiguos e históricos,
etc. (Kvamme, 1999:167-168; Wheatley y Gillings, 2002:74-81; etc.)
La utilización de fotografías aéreas como
base para el reconocimiento arqueológico del territorio
tiene ya casi un siglo de antigüedad. A partir de ciertos
indicios de tipo edáfico, fitográfico o micro-topográfico,
desde cierta altura es posible ver anomalías de la superficie
terrestre que se corresponden con evidencias de tipo arqueológico
y que pasan desapercibidas a ras de suelo. La interpretación
de esos indicios es más factible mediante el oportuno reconocimiento
directo del sitio, lo hace que la integración de los datos
de observación directa (por ejemplo micro-topografías
como las descritas anteriormente) con fotografías aéreas,
sea de gran utilidad para la interpretación de la prospección
de superficie. No obstante, conviene recordar que en algunos inventarios
nacionales y regionales de yacimientos de Europa existen registros
dados de alta como posibles yacimientos o entidades arqueológicas
a partir de anomalías observadas en fotografías aéreas
y que nunca han sido visitados o prospectados directamente (Murray,
2002).
Las fotografías aéreas más aptas para su
representación combinada con otros elementos cartográficos
son las verticales (de hecho la fotografía área vertical
es utilizada desde hace tiempo para elaborar mapas mediante la
fotogrametría), aunque estas tienen sin embargo una capacidad
más limitada para revelar anomalías arqueológicas.
Las fotografías aéreas que más resultados
proporcionan en cuanto a detección de sitios arqueológicos
nuevos son las oblicuas, aunque estas a su vez son más difíciles
de utilizar en combinación con otros mapas por las distorsiones
que se producen en el proceso de rectificación (Wheatley
y Gillings, 2002:75).A pesar de estos inconvenientes, las fotografías
aéreas tanto verticales como oblicuas pueden ser utilizadas
en un SIG en combinación con otros mapas e imágenes.
La utilización de las fotografías aéreas dentro
de un SIG no incrementa necesariamente la probabilidad de detección
de yacimientos arqueológicos nuevos, aunque la posibilidad
de visualizarlas de forma interactiva con otros temas geográficos
y mapas sí aumenta su potencial interpretativo y explicativo.
La revisión no sistemática de los Anuarios Arqueológicos a
la que se hizo referencia anteriormente sugiere que la fotografía
aérea ha jugado un papel bastante marginal (si no anecdótico)
en la metodología de prospección de superficie aplicada
en la Comunidad Autónoma Andaluza. La discusión de
las posibles razones que expliquen este fenómeno excede
el ámbito de interés de este artículo, pero
en todo caso, cabe razonablemente esperar que la extensión
de los SIG estimule su utilización a lo largo de los próximos
años, dadas las facilidades que estos sistemas ofrecen para
su visualización dinámica con otras variables espaciales,
según se ha comentado antes. Algunos ejemplos puede servir
para ilustrar este punto.
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figura 16 |
figura 17 |
figura 18 |
La Figura 16 muestra un mosaico de ortofotos a escala 1.10.000
del curso alto de la Rivera de Huelva, un sector de en Sierra Morena
occidental al que se hizo referencia anteriormente. Los cuadros
corresponden a la malla de hojas de la serie topográfica
a escala 1:10.000 de la COPT, mientras que los puntos representan
a los yacimientos arqueológicos de la Prehistoria Reciente
de la zona. En la Figura 17 se ha hecho una ampliación a
una zona concreta del curso alto de la Rivera de Huelva, concretamente
el entorno del embalse de Aracena, donde existe una concentración
importante de sitios prehistóricos. Una nueva ampliación
de esa serie de ortofotos permite visualizar un yacimiento individual,
en el caso de la Figura 18 el asentamiento de la Edad del Bronce
de La Papúa y las diferentes localizaciones funerarias a
las que se asocia. Dado el carácter vertical de la fotografía
es difícil individualizar elementos o estructuras arqueológicas,
aunque sí es posible percibir sin dificultades claras diferencias
en el tipo de cobertura del suelo (zonas de vegetación arbustiva
frente a zonas peladas), lo cual es de gran relevancia para la
planificación y preparación de la prospección
(la visibilidad del registro arqueológico en superficie
es una función de, entre otros factores, el tipo de cobertura
vegetal predominante).
Mediante su manipulación dentro de un SIG, las fotografías
aéreas pueden ser utilizadas en combinación con un
modelo de elevación del terreno para proporcionar una representación
muy realista del paisaje, de forma que es posible visualizar tridimensionalmente
una fotografía aérea desde cualquier perspectiva
(ángulo o altura) (Ojeda Zújar, 2002:118). Esto es
lo que se ha hecho precisamente en la Figura 20, donde a un MDT
previamente generado a partir de la digitalización del mapa
topográfico 1:10.000 de la COPT (Figura 19), se han superpuesto
el mosaico de ortofotos ya señalado anteriormente.
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figura 19 |
figura 20 |
figura 21 |
figura 22 |
Otro buen ejemplo de modelización de las condiciones del
paisaje mediante un SIG se obtiene de las prospecciones llevadas
a cabo de la zona de afección del embalse de Los Melonares
(Sevilla) ya anteriormente citadas (García Sanjuán
y otros, 2003). Aquí, de nuevo sobre un MDT generado a partir
de la cartografía 1:10.000 de la COPT (Figura 21), se muestra
la distribución de los yacimientos localizados en la zona
de inundación del pantano. En la Figura 22 se ha simulado
una situación de inundación máxima del pantano
(cota de 82 metros), comprobándose de forma efectiva los
yacimientos que desaparecen bajo el agua.
6. Recapitulando
En resumen, la introducción de los SIG ha contribuido
de de diversas formas a la sistematización, racionalización
y cualificación de la prospección arqueológica
de superficie.
(i) Dando un mayor abanico de posibilidades para la planificación
y diseño de la prospección mediante el análisis
de las condiciones geográficas y arqueológicas imperantes
en una zona.
(ii) Permitiendo identificar problemas y errores presentes en
la georreferenciación de yacimientos descubiertos mediante
prospecciones de superficie anteriores y luego publicados o registrados
en diversos medios (cartas arqueológicas, inventarios oficiales,
etc.) y que habían pasado desapercibidos durante años.
(iii) Incrementando la precisión en cuanto a la georreferenciación
de los yacimientos y entidades arqueológicas descubiertos ex
novo.
(iv) Posibilitando la elaboración de una cartografía
arqueológica más inteligible, es decir capaz de transmitir
con mayor eficacia los resultados obtenidos.
(v) Posibilitando una elaboración económica de
cartografía topográfica de alta resolución
de yacimientos individuales.
(vi) Incrementando la eficacia de la integración de mapas
y representaciones diversas del paisaje, notablemente fotografías
aéreas y mapas del subsuelo obtenidos mediante prospección
geofísica.
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